sábado, 8 de agosto de 2020

CRÓNICA DEL TEMBLOR DE 1985: 'Papi, papi, mira cómo bailo' - Hoy ... 

 

Los días de terremoto

Carlos Monsiváis

 

Todos lo sabemos porque tenemos un pariente, un amigo, un conocido que lo vivió. O porque nosotros mismos sentimos las oscilaciones de la tierra, porque vimos mecerse edificios, porque respiramos el polvo de los derrumbes u olimos la cadaverina y la putrescina que despedían los cuerpos en descomposición. No es necesario describir más a profundidad esto. Monsiváis lo entendió pronto y, en vez de describir la desolación y la destrucción, describió el nacimiento de la organización social, el desplazamiento del poder de un Estado que había secuestrado la actividad de la población en la vida diaria.

Después del terremoto, la sociedad se organizó, inmediatamente, en cadenas de personas que removían escombros, en rescatistas improvisados no exentos de heroísmo, y a mediano plazo en organizaciones que, afortunadamente, darían inicio a la Sociedad Civil, una al margen del Estado que la había marginalizado sistemáticamente. Porque combatir la tragedia era una forma de apoyo moral a otros ciudadanos (no sólo en el entonces DF, sino en otros lugares igualmente afectados por el temblor del 19 de septiembre de 1985.

Allí nació (o expotó) la solidaridad, que luego se institucionalizaría en el sexenio de Salinas, la palabra de moda, acaso por incapacidad de pensar en otra en esos momentos. Esa solidaridad se enfrentó a los cordones policiacos o militares que, por resguardar el orden, parecían más bien querer ocultar lo que los derrumbes evidenciaron: la corrupción, la ineficiencia, el descuido gubernamental. Y su soberbia. De la Madrid argumentando que el país podía levantarse a sí mismo de los escombros, aunque la realidad desmentiría esta afirmación centralista, que, por otro lado, ignoraba lo que sucedía fuera de la capital, en las devastadas ciudades Lázaro Cárdenas (Mich.) y Guzmán (Jal.).

Todas las voces se alzaron desde sus pequeñas o grandes trincheras: el clero afirmaba la intervención de los santos, vírgenes y dioses para castigar la sensualidad de la gente, mientras los partidos callan y la gente (es decir, uno mismo) elevaba la vida humana “a rango de bien absoluto”. En la ciudad emergen no los chilangos, no los capitalinos, habitantes del monstruo, sino los ciudadanos conscientes de su condición de ello, “en franca oposición a las creencias del Estado paternalista que nunca reconoce la mayoría de edad de sus pupilos”. El pueblo llano subsana parcial o totalmente las limitaciones gubernamentales. La tragedia da pauta y ritmo a la nueva sociedad participativa. Los jóvenes asumieron (asumimos) una responsabilidad que se nos ofreció de golpe. La primera participación pública de la juventud es en labores de desescombre de la ciudad, seguida de la toma de de deberes y derechos democráticos.

Se levantan cadáveres y se pepena entre los escombros, la voracidad ante la tragedia ajena por parte de civiles egoístas y el deseo gubernamental de recuperar el control a través de la normalización “es decir, el regreso a las fórmulas de obediencia incondicional”, sin ofrecer estrategias efectivas para ello, evidenciando, más bien, la corrupción y la falta de integración entre secretarías, oficinas, despachos que debieron funcionar, siempre, en beneficio común. No hay comunicación entre ellas ni entre la sociedad civil al grado que tenemos hoy (benditas redes sociales). Sin embrago, aún en la desgracia, persisten la cortesanía y la autoadulación a un tiempo llenas de paternalismo. Se hace evidente un mal muy mexicano: todos quieren dar órdenes, ser el centro de atención (y me refiero al Gobierno), sin atender a los que están al centro de la desgracia: los damnificados.

Se agravan problemas de salud por la pérdida de infraestructura hospitalaria y de personal que murió en el sismo. Se evidencia que el sector salud siempre ha sido caja chica de sus funcionarios (hoy, en plena contingencia por SARS Cov-2, vulgo Covid-19, seguimos en las mismas). A esta falta de respuesta, la organización del personal de salud oponiéndose a las medidas dictadas “por el centro”.

El Centro… un ente burocrático que permitió que los acordonamientos militares y policiacos impidieran las labores de rescate, aumentando el número de muertes, argumentando que los grupos civiles cometían más abusos que los beneficios que reportaban. Esto originó enfrentamientos entre militares y policías contra colonos.

Destellos del absurdo en medio de la tragedia: Plácido Domingo ayudando y buscando a sus propios familiares en el edificio Nuevo León, mientras Jacobo Zabludovsky le pregunta si no teme que el polvo le arruine la voz. Y la tragedia del Nuevo León demostró que el sobrecupo en viviendas tumorales acentuó el número de muertos (en el llamado Palacio Negro, la vecindad más poblada de la ciudad, en la Morelos, se hacinaban 600 familias).

Ante la organización popular, maniobras del gobierno para fomentar la desorganización entre vecinos, para evitar la toma del poder, para no perderlo, el estrangulamiento de las demandas de vivienda por parte del estado, los tecnócratas tomando decisiones sin capacidad para ello, haciéndolo solo porque un primo los colocó en la oficina sin tener los tamaños para ocuparla y que, sin embargo, son muy capaces de burocratizar la tragedia para esconder, minimizar la ineptitud y la corrupción, redundancia de la inacción gubernamental.

Como sucedería en 2019, se mediatizó el rescate de un fantasma llamado Monchito, supuesto niño (como la tal Frida Sofía) sepultado bajo los escombros, cuyo padre se desgarraba las vestiduras para que lo rescataran; lo que buscaba en realidad era una caja fuerte con 12 millones de pesos.

El terremoto impulsó el cambio de mentalidad individual en colectiva, el ciudadano se descubrió a sí mismo como un actor real de la vida del país, la organización es “el esfuerzo comunitario de autogestión y solidaridad, el espacio independiente del gobierno, en rigor la zona del antagonismo”, la sociedad civil.

El terremoto sepultó vidas y desenterró cadáveres: las costureras, los colonos del centro, la falta de derechos laborales y de vivienda, la evidencia de que se ha vivido bajo un pensamiento puramente burgués y monetario y la súbita toma de conciencia de ello por parte de los de abajo. Las costureras: un gremio que era explotado en su total ignorancia de derechos, dejando en claro que lo que importaba era medio de producción y el capital, no los obreros (o los inquilinos, en el caso de los problemas de vivienda), el desprecio por el proletario desde el amparo de una ley hecha para los dueños de los medios de producción, el lenguaje ampuloso de los patrones y los abogados contra el lenguaje llano de los necesitados. Y ante la organización que ganó batallas ante la Junta de Conciliación se elevaron las voces ecuménicas de los grandes productores y de la derecha panista, argumentando que hay “infiltración socialista” en los sindicatos (claro: si el sindicato no es charro, hay que denostarlo), diciendo que si se le da la razón a los obreros, se corre el riesgo de perderlo todo (para ellos, todo es el poder absoluto).

El plan DN-III no funcionó porque su aplicación implica la suspensión de garantía individuales, es un estado de excepción en la nación y el gobierno de de la Madrid no asumiría el costo político de implementarlo. Sin embargo, la salida a la calle del ejército permitió dos cosas: primero, que al acordonar las zonas de desastre se retrasaran las maniobras de rescate y, segundo, actuó como una fuerza represiva contra las sociedad políticas que se organizaron después del sismo, oponiéndose, por ejemplo, a los colonos del centro histórico que se organizaron por primera vez, despertando de su aletargamiento, alcanzando la madurez civil, la ciudadanía hasta entonces tutelada por un Estado paternalista que los envió a campos de damnificados, poco más que gallineros, controlados por gángsters del estado, mientras los panistas y empresarios satanizan el Decreto de expropiación de edificios y predios porque, a su decir, el ejemplo cundirá por todo el país (¡qué miedo deben haber sentido!).

Mientras, los partidos políticos se veían inútiles (más de lo habitual) ante la desgracia colectiva, porque son todo menos representativos de la sociedad y carecen de organización social (sus bases son pequeñas y sectarias) pero, sobre todo, de fuerza moral. En este ambiente, la izquierda política no es más favorable que la derecha, no es más útil, sino que se convierte en otro escombro que hay que saltar y que, efectivamente, es saltado por la izquierda social que sí tiene fuerza moral.

Esto y mucho más es Los días del terremoto, de Carlos Monsiváis. Un libro que vale la pena leer.

 

 Ricardo Marcos-Serna

CJZ, Chih. 08 de agosto 2020, 22:00h

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