jueves, 10 de septiembre de 2009

Balam I

Una tarde miraba una cámara de seguridad que me dió la idea de un cuento, y comencé a escribir esta historia que, a falta de un mejor nombre, llamo Balam. seguramente no es la historia más lograda del mundo, menos si se circunscribe a un género literario como la novela negra que tiene gigantes representantes como Dashiel Hammet o Thomas Harris. Sin embargo, he tratado de poner en ella los elementos que, según yo y mi carencia absoluta de conocimientos de literatura, debe incluir una historia de ese tipo. He escrito apenas tres de los capítulos que han de conformarla y no sé aún cuántos falten. Sé, eso sí, que la historia morirá cuando quiera dejar de existir, cuando agote las situaciones capaces de emocionar al escritor y de emocionarlo como lector.
Publicaré hoy la primer parte de esa historia y la dejaré a la consideración de quienes, de algún modo, llegan a esta página redundantemente. La extensión de las partes o capítulos de esta historia me la dicta la historia misma, así que pueden encontrar uno de tres párrafos y otro de tres cuartillas. No se sorprendan ustedes por la irregularidad de la publicación: la hago en los tiempos libres que la especialidad me deja, que van siendo pocos de repente y muchos ocasionalmente. espero que la disfruten y, más importante, que la comenten en la barra lateral, si creen que vale la pena.


Balam
Un cuento por Ricardo Marcos-Serna

Parte uno

El señor Ángel Herrera llegó a la sucursal del banco de México a la que había sido enviado aproximadamente a las 11:49 horas. Aunque su turno terminaba hasta dentro de tres horas, él tenía la urgencia de resolver pronto el problema de las líneas de circuito cerrado para poder ir a la central antes de las 14 horas, porque había solicitado un permiso para ausentarse temprano. Pensaba en ir con su esposa al cine. La querida Mayra había estado pidiéndole toda la semana que la llevara a ver una nueva película con Harrison Ford como protagonista, y él había prometido llevarla hoy.
Cuando entró a la sucursal del banco, se dirigió directamente hasta el cubículo que ocupaba el gerente. El hombre estaba al teléfono y, al verlo, le hizo una seña para que esperara. Los gestos del hombre eran los de alguien irritado con un subordinado que no acabara por comprender una orden simplísima. El señor Herrera agradeció que en su trabajo, su supervisor fuera una persona amigable. A él no le gustaban los conflictos de poder. Aprovechó que el gerente estaba al teléfono para ver la colocación de las cámaras en el banco y notó que una de ellas no tenía la burbuja de plástico ahumado que debía protegerla. Cuando el señor Gómez, gerente de la sucursal, terminó su llamada, se dirigió directamente hasta donde él estaba y, sin esperar a ver si lo seguía, echó a andar hacia la puerta de seguridad. Cuando pasó debajo se la faltante burbuja de plástico color humo, dijo: “Tenemos un problema con esta cámara”.
El señor Herrera fue conducido por los pasillos internos del banco hasta la consola de pantallas de seguridad y, bajo la mirada vigilante de un policía, fue dejado por el señor Gómez quien, antes de salir de la habitación, dijo: “Espero que quede resuelto hoy mismo”.
El señor Herrera notó que la cámara no emitía señal alguna. Tras hacer unas breves pruebas con la computadora decidió que el problema obvio debía ser la conexión, así que fue a su camioneta por la herramienta y siguió la línea de cables hasta que encontró que una porción de ella estaba roída. Hábilmente cortó los cables, agregó una sección nueva y selló la línea; reemplazó la burbuja de plástico y dio por terminado el trabajo. Como precaución (lógicamente, siempre había que tener esa precaución de revisar la función de los equipos) regresó a la central de vigilancia y comprobó que todas las cámaras emitían su señal correctamente. Salió de la central de vigilancia con su herramienta rumbo a su camioneta.
Estaba parado nuevamente frente al cubículo del gerente llenado su reporte de trabajo mientras el señor Gómez hacía una nueva llamada; cuando éste hubo terminado, se acercó al señor Herrera quien le explicó cuál había sido la falla y en qué consistió la reparación. Parados uno junto al otro, el señor Gómez parecía su padre.
Después de entregar las copias del reporte de trabajo al señor Gómez, el señor Ángel Herrera salió de la sucursal con rumbo a su central para de ahí ir al cine, aproximadamente a las 13 horas. La siguiente vez que su esposa lo vio, el señor Ángel Herrera era una fotografía en la oficina del médico forense.

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