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martes, 17 de mayo de 2016

Serie En la mira





Cuando esto escribo, es 1 de mayo de 2016. Hace dos días fue presentada (al menos, en Ciudad Juárez) una serie de novela negra titulada En la mira, por la editorial Artificios, de Mexicali, BC; libros estos impresos hace menos de 30 días en aquellas latitudes.
Yo no pude estar presente en la librería-café donde se realizó el evento, pero alguien muy cercano a mí sí que lo estuvo, y tanto que algunos autores son sus conocidos y alguno incluso fue su maestro en la carrera de Letras.
Con recelo, debo decir, porque ya había leído algunos de sus cuentos sin que llegaran a gustarme, y porque la producción local de novela negra (tanto de historias como de su análisis) me ha parecido más bien escasa e insípida, cuando no francamente demasiado académica y con tendencia a establecer asociaciones inexistentes entre los autores del género en el país, como Ibargüengoitia-Leñero-Bernal.
(Recuérdese por quienes ya hayan leído este blog y sépase por los que llegan a él por vez primera, que yo sólo soy un lector de esos que los académicos llaman “ingenuos”, que no sabe –en teoría, nada de teoría literaria y que mi única experiencia son años leyendo novela negra clásica y contemporánea, es decir, de Dashiel Hammett a Élmer Mendoza, de Raymond Chandler a Qiu Xiaolong, de Joseph Conrad a Petros Markaris y haciendo paradas en Nesbø, Connolly, Taibo II, Highsmith, Black… con ciertos guiños, cuando ya me he puesto yo mismo demasiado lacónico, hacia Christie, Clancy, LeCarré, Forsyth, Windsord… Si esto le parece al lector una presunción, seguramente sea porque lo es; pero también es un disclaimer de que, como público, tengo tanto derecho a expresar mi opinión sobre una obra como el autor de la misma de decir lo que le venga en gana con las palabras que más le acomoden).
Sin reservas, entonces, he de decir que el primer libro que leí, el llamado De la vieja escuela y escrito por José Juan Aboitia, me pareció torpe en un principio: Joaquín S. Ceniceros parece recibir su pago por hacer nada, ya que sus primeros dos casos se resuelven por sí mismos; mientras él evidencia su descarado alcoholismo y se queja de la falta de pornografía de calidad, trata de reafirmarse como un tipo duro a base de repetición de la frase, como si fuese un mantra. Uno de sus acoples, el Bronco, me recuerda sin remilgos al “Gori” Ortigoza de Élmer Mendoza, aunque su segundo acople, Lomelí, me parece un segundón más rescatable que el anterior. Vagamente, pero en definitiva, Ceniceros es, para mí, una mezcla de Belascoarán Shayne y Mario Conde, los detectives principales de Taibo II y Leonardo Padura; la comparación se basa en la gabardina arquetípica, el divorcio, el retiro de la policía, al soledad de la vivienda. Hay un solo diálogo lacónico al estilo de la vieja escuela en la obra que me parece rescatable. Sin embargo, fuera de los lugares comunes a los que recurrimos todos los que hemos escrito un cuento o novela negra (claro, me incluyo porque yo también lo he hecho aunque no he publicado) como el hijo del influyente que entra a los negocios sucios de la familia (Balas de Plata), las mafias chinas (El complot Mongol y Sombra de la sombra), la bella mujer que entra al despacho del detective (aquí van todas las novelas negras que he leído, o casi todas…), la historia mejora hacia el final. Y mejora tanto que espero que el final de este libro sea el inicio del siguiente. A los lectores nos gustan los personajes que se repiten a sí mismos, que son fieles a sus costumbres tanto como a su público.
El segundo libro es Afecciones desordenadas, de Nylsa Martínez, escritora mexicalense. Cuatro cuentos forman el cuerpo de la obra: Y todo por la Zuly, Mariana Wong y Marco Aurelio Beltrán, Hojas de taquigrafía verdes y Los afectos desordenados. El primero me parece muy cargado de locuciones en cursivas (bato, morra, chacalear, carrilla, cura, pistear, neta…) que, si bien es cierto que son muy acá, del norte, no hay que andarlas justificando en itálicas a cada momento que, total, nadie le va a dar carrilla a una norteña por que las use, ¿si sabe cómo?, acá, cada que las wache un bato de otro laredo; ya quien las lea sabrá si las busca en el diccionario de mexicanismos o no (¿Ha usted leído a Mendoza?), pero mientras, dan pereza en letra inclinada. Me parece muy en el estilo del autor de la serie del Zurdo Mendieta, cuando menos en apariencia, pero es una historia mucho más corta que las de él. El segundo cuento es una historia del encuentro entre la raza normal y la raza del narco, una zona gris en la que todo se mezcla y nada se escapa, con la prepotencia evidente del pudiente y la violencia del que las puede. La tercera historia es una cosa rara: un personaje inteligente, una mujer (siempre los son, aunque hay excepciones igual que en cualquier otro aspecto y género de la vida humana) anda por la vida oyendo, en sus palabras, canciones un poco cursis (Manuel Mijares no es un poco cursi, es, simplemente, malo) y tratando de averiguar sobre unos esqueletos para hacer un doctorado (no puedo evitar recordar a otra , la Elena Jordán exesposa de Julio Ramírez, uno de los principales de Cuatro Manos, de Taibo II, una antropóloga que también pasa la novela haciendo un trabajo de investigación para una tesis de posgrado que le rechazan a cada paso). El cuarto cuento me hizo recordar algunos de los cuentos de Cortázar, en los que el final es apenas entrevisto entre las brumas de palabras y situaciones misteriosas, tras las que parecen ocultarse fantasmas de seres-dioses-demonios prehispánicos. En mi humilde opinión, descartando el segundo cuento, es un buen libro pero no me parece novela negra en absoluto (¿será, acaso, que por el título de la serie yo esperaba novela negra pura?).
            Lucky Strike, del, también, mexicalense Gabriel Trujillo Muñoz, es el tercer libro de esta serie que está en mi poder. Trece cuentos, trece historias. Algunos son cuentos en el estilo de la novela negra, otRO es de terror, otros son, a mi parecer, del género narco, uno es casi un evangelio de lo corta que es la vida de un alborotador, uno es una descripción de una travesura y el último es una venganza muy al estilo de El Padrino de Mario Puzzo. La verdad sea dicha, de los tres libros de la serie que llevo leídos al momento (leo uno y escribo su crónica, luego tomo el siguiente y lo mismo, que todos rondan las cien páginas), éste me gustó más. No por nada el autor ha incursionado en la novela policiaca, la novela fantástica y otros géneros, según describe la contraportada del libro. Especialmente me ha gustado La mujer fatal y su juego con los nombres de los detectives: una joya de dos páginas. Sólo creo que, Sam Chandler y Phillip Spade no cuadra bien; tal vez debería ser Sam Marlow y Phillip Spade o, para hacer el juego de palabras más interesante, Sam Marlow y Phillip Hammet. Es sólo una idea.
            Por el momento, de los 5 libros de la serie En la mira que han llegado a mis manos, sólo comentaré estos tres. Tengo un proyecto con la serie Charlie Parker de Connolly y mucho trabajo en la maestría, por eso publiqué esta crónica dieciséis días después de haberla escrito.
            Pronto las dos que me falta de la serie: Hotel Kennedy y El tiempo corre lento para la muerte; ambos títulos prometen.
¡Bis bald!

miércoles, 9 de febrero de 2011

Balam VIII



 -No digas pendejadas… si esto fuera una novela se llamaría Los motivos de Clarice o alguna estupidez parecida.
Estaba en la calle Topacio, cerca de La Merced, ese barrio lleno de prostitutas aburridas y casas de bicicletas.
-No. Es un tipo que mata en serie. Todos los homicidios tienen cosas parecidas.
-Claro: los muertos.
-No seas simple. Hay algo más.
-¿Vas a comerte esto? –Le arrebató el vaso de fruta picada con chile.
Se levantó del cofre de la patrulla y empezó a andar sin esperar a ver si su compañero lo seguía. El otro lo alcanzó corriendo, los faldones de la camisa revoloteándole el cinto que hacía juego con las botas.
-¿Te han dicho que pareces policía judicial? –le preguntó con cierto interés.
-Nunca. ¿A ti te han dicho que pareces policía?
-Todos los días.
Con el sol brillando sobre sus cabezas se alejaron por entre los puestos de películas piratas y ropa barata.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cuatro Manos

Paco Ignacio Taibo II

Ciudad Juárez, Chihuahua. Un hombre silencioso cruza la frontera hacia el sur. Lleva una ajada maleta en la mano. En ella, seis botellas de vodka.
Ciudad de México. Muchos años después. Otra ciudad, más al sur. Un gordo periodista está enfundado en una camisa de fuerza. Busca desesperadamente librarse de ella no para conseguir la libertad de los cuerdos, sino para leer una carta.
Managua, Nicaragua, en la época de los contras. Las calles llenas de escombros y barricadas que la resistencia ha puesto antes de ser atacada por el gobierno. Un periodista arrastra a otro por la calle mientras se cubre la cara con un pañuelo, protegiéndose de los gases lacrimógenos. El otro sangra por la boca. Un taxi se les apareja y un hombre de traje blanco los auxilia, sonriendo.
New York, USA. Un hombre entra a su oficina a través de la ventana. Dentro, nadie se sorprende de la excentricidad del jefe que prefiere la salida de emergencia como acceso a una de las oficinas más secretas de la CIA.
Zacatecas, México. Un fotoperiodista judío toma la foto de una corresponsal del AP. Está desando acostarse con ella, pero las tradiciones parecen obstaculizarlo. No recuerda, en ese momento, que alguna vez sangró en Nicaragua.
El norte de México. Un enano con nombre de cantante de música tropical está a punto de secuestrar a otro hombre. Su ayudante es un cavernario enorme, prototipo del matón de película de los 50.
¡Mataron a Pancho Villa!, grita un niño en Parral, corriendo frente a la ventana donde Stan Laurel, son sus enormes orejas y su expresión ingenua, está a punto de matarse de borracho con vodka.
La carta dice que existe un insólito premio al periodismo otorgado por una fundación hasta el momento desconocida, que fue fundado por un actor y el abuelo de un gordo que suele ser fanático del escapismo.
El hombre del traje blanco puede ser agente de la CIA, de la re-contra, de Gobernación o de la KGB o de todos al mismo tiempo, pero siempre aparece, inmaculado, donde los dos periodistas lo necesitan. A veces da información, pero casi siempre les deja más dudas que respuestas.
Muchos meses después, en Acapulco, México, el flaco agente de la Central Intelligence Agency del gobierno americano está sentado junto a un narco mexicano, toando mojitos, mientras miran a un enano que toca las maracas para una rubia tetona.
El fotoperiodista judío ha olvidado a la reportera de Associated Press y recuerda que su abuelo, un psiquiatra (un joven médico judío que adivina el pasado y que no puede ver sangre), daba sesiones de rehabilitación a Harry Houdini.
Pancho Villa seguirá muerto, para vanagloria de Obregón y vergüenza de México.
Finalmente, todos los personajes se mezclaran alrededor de la historia de una narcotraficante enamorado de las rubias de senos grandes, brincando atemporalmente entre la historia de la CIA en Nicaragua, las manifestaciones políticas en México, las pirámides de Teotihuacán, la Fifth Avenue en New York, una viuda que reclama la cabeza de su amor eterno: Pancho Villa.
Taibo II, crítico como suele ser cuando hace novelas que no se tratan de Belascoarán (ya he dicho que sólo las primeras seis me parecen rescatables), hizo esta novela en 1990, y es tan alucinante que vale la pena leerla. Es divertida y, dentro de su desvarío, aporta datos entre líneas sobre el narcotráfico en México y sobre las intervenciones de USA en la política latinoamericana. Léala, que es divertida.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Los minutos negros, de Martín Solares

La memoria es el deseo satisfecho
Carlos Fuentes

A veces, la memoria parece fallar, pero la realidad es que el olvido sólo es una artimaña de la mente para protegernos. Uno se esfuerza tratando de recordar (con imprecisión, ciertamente) las cosas que nos dolieron y se recrea en la rememoración de las cosas que nos satisficieron. ¿Pero qué hacer cuando la memoria está nublada por los acontecimientos recientes? ¿Qué hacer cuando se quiere recordar y la realidad nos lo impide? Nada más que un ejercicio de voluntad.
Las últimas publicaciones del blog han tomado el camino del “análisis” y de la “reflexión”, cosas que suenan más a discurso político que a literatura. Basta de eso.
Yo no sé nada de literatura más que el hecho de que me gusta y disfruto leer y la poca formación académica que de literatura tengo se la debo a Enedina Cano Barrera (un abrazo) quién me mostró que la literatura es más que palabras, una tras otra.
Intentaba recordar un buen libro sobre el cuál escribir para incitar a que otros lo lean. Pasaron por mi cabeza títulos como México, tierra de volcanes, de Schlarmann, La lejanía del Tesoro y Cuatro manos, de Taibo II, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, La ladrona de libros de Markus Suzak y hasta Cómo escribir y publicar artículos científicos, de Robert A. Day. Pero mis reminiscencias me encauzaron hacia Los minutos negros, de Martín Solares (Tamaulipas, México, 1970).
Existe un artículo Hugo Hiriart publicado en Letras libres de enero de 2007[1] que desmiembra puritanamente la obra. Si quieren leer a un literato antes de seguir pasando las frases de este ensayo, vayan al enlace que está debajo; si no, adelante: sigua leyendo (como dijo Cortázar: allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo)[2].
En los años 70 se ¿suscitaron? ¿acontecieron? ¿dieron? los asesinatos de muchas jovencitas en Tamaulipas, al Noreste de México. Todo apuntaba a la existencia de un asesino serial.
El Macetón Cabrera,[3] policía moderadamente idealizado y desmitificado (palabra de Hiriat en su ensayo) es el principal personaje involucrado en averiguar quién carajos está matando a esas jovenzuelas, en la novela.
El Macetón es un hombre tranquilo, entenado de un tío suyo al que mata otro asesino serial al que los médicos conocemos bien: la hipertensión.[4] Después de muerto su amigo y mentor, el Macetón mezcla sus recuerdos entre las enseñanzas del tío muerto, el recuerdo de Alfonso Quiroz Cuarón y el de Rigo Tovar.
Permítanme detenerme aquí: Quiroz Cuarón (Ciudad Jiménez, Chihuahua, México, 1910) fue, tal vez, el máximo exponente y (como los médicos solemos decir) padre de la criminalística mexicana. Primer graduado de criminalística de la UNAM, Quiroz Cuarón fue el principal propulsor del estudio del criminal como ente social anómalo y publicó infinidad de trabajos al respecto (me gustaría ver una cita del Dr. Quiroz en un capítulo de Criminal Minds).[5] Por otra parte, Rigo Tovar (Matamoros, Tamaulipas, México, 1946), fue un músico entregado al ritmo tropical (si es que Tamaulipas, México, localizado en latitud 27º40' a 22º12', longitud 97º08' a 100º08', se puede considerar un trópico), cuyas principales obras o, cuando menos, las que yo recuerdo más son El sirenito (Tovar R, El sirenito, en Rigo el guapo, Fonart, 1974)[6] y Mi matamoros querido[7] (Tovar R, Mi Matamoros querido, en Matamoros querido, Fonart, 1971), ambas grabadas con el conjunto Costa Azul.
Ambas referencias que, dice Hiriart en su ensayo, son más para dar marco histórico a la obra, forman parte central de la novela. A mí me importa poco: son personajes y eso me basta.
El Macetón se mueve en un ambiente que si bien está situado en el México de los 80, puede ser extrapolado al México actual, lleno de cadáveres, policías corruptos, narcos y “juniors”, hijos de estos últimos, fantoches, mamones, presuntuosos y torpes. Su mundo es el cabaret, el porche con unas chelas en la mano y los arrabales donde se encuentran los cadáveres de las mujercitas asesinadas.
Increíble similitud de las escenas de muerte de la novela con las de la realidad en Ciudad Juárez (suspiro, por la ciudad, no por las muertas), el desenlace es similar en las dos historias aparentemente ficticias: un allegado al poder es el responsable.
No me da empacho decir esto sobre el final de la obra. Si un extranjero lee esta novela no se sorprenderá del final y si es un mexicano el lector le parecerá muy próximo a la realidad.
Creo que es un libro disfrutable, de principio a fin.
Vale la pena leerlo y no cuesta más de 200 pesos (twenty USD) en Gandhi.
Mi querida Enedina Cano lo tiene autografiado por el autor con algo más que dedicatoria: un gato mitad cholo, mitad pachuco, dibujado por el autor de la novela.
Búsquelo, que se va a divertir leyéndolo.



[1] Hiriart H, Los minutos negros, de Martín Solares, consultado el 13 de octubre de 2010 en http://www.letraslibres.com/index.php?art=11624
[2] Cortázar J, Instrucciones para dar cuerda al reloj, editorial desconocida por el autor (perdón)
[3] Macetón, en México, es una expresión amigable para cabezón.
[4] Qué pretensión la nuestra: llamamos asesino serial o, más precisamente, asesino silencioso, a la hipertensión arterial creyendo que la enfermedad es enemiga del hombre, tomándonos en serio y como una afrenta personal que el hombre tenga que morir, como si nosotros fuésemos los adalides de la vida. Dice García Márquez en El amor en los tiempos del cólera: cada quién es dueño de su propia muerte y, llegado el momento, lo único que el médico puede hacer es ayudar al paciente a morir sin miedo ni dolor. ¿Por qué, entonces, tenemos esa actitud de ganarle a la muerte? ¿Es que el médico debe tomarse como afrenta personal que la muerte sea la consecución de la vida?
[5] Pueden encontrar la obras del Dr. Quiroz en http://openlibrary.org/authors/OL666917A/Alfonso_Quiroz_Cuaro%CC%81n
[6] Video en  http://www.youtube.com/watch?v=QhI0gIKi0Xk No es el mejor video que hay en Youtube, pero es el que se escucha mejor.
[7] Video en http://www.youtube.com/watch?v=VB74CYqX3_Y&feature=fvw que es donde mejor se escucha.

ADD: pueden leer una reseña en inglés de este mismo libro en 
http://writersoftheriogrande.com/2010/11/the-black-minutes-review-by-edgardo/
un blog que vale la pena visitar.

domingo, 10 de octubre de 2010

Balam VII




Borracho. De nuevo.
Esto no debería pasar.
La última vez que satisfizo sus ansias había sido con una jovencita. Gritaba pidiendo ayuda a una virgen que no estaba tras las nubes negras que cubrían la ciudad. Había sido satisfactorio.
Pero ahora la necesidad lo atacaba de nuevo. Esa urgencia, esa maldita urgencia.
Se sabía perseguido, pero no importaba. Cuando la necesidad era tan grande, no había riegos que la rebasaran.
De nuevo, era el momento.

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