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sábado, 16 de octubre de 2010

Cuatro Manos

Paco Ignacio Taibo II

Ciudad Juárez, Chihuahua. Un hombre silencioso cruza la frontera hacia el sur. Lleva una ajada maleta en la mano. En ella, seis botellas de vodka.
Ciudad de México. Muchos años después. Otra ciudad, más al sur. Un gordo periodista está enfundado en una camisa de fuerza. Busca desesperadamente librarse de ella no para conseguir la libertad de los cuerdos, sino para leer una carta.
Managua, Nicaragua, en la época de los contras. Las calles llenas de escombros y barricadas que la resistencia ha puesto antes de ser atacada por el gobierno. Un periodista arrastra a otro por la calle mientras se cubre la cara con un pañuelo, protegiéndose de los gases lacrimógenos. El otro sangra por la boca. Un taxi se les apareja y un hombre de traje blanco los auxilia, sonriendo.
New York, USA. Un hombre entra a su oficina a través de la ventana. Dentro, nadie se sorprende de la excentricidad del jefe que prefiere la salida de emergencia como acceso a una de las oficinas más secretas de la CIA.
Zacatecas, México. Un fotoperiodista judío toma la foto de una corresponsal del AP. Está desando acostarse con ella, pero las tradiciones parecen obstaculizarlo. No recuerda, en ese momento, que alguna vez sangró en Nicaragua.
El norte de México. Un enano con nombre de cantante de música tropical está a punto de secuestrar a otro hombre. Su ayudante es un cavernario enorme, prototipo del matón de película de los 50.
¡Mataron a Pancho Villa!, grita un niño en Parral, corriendo frente a la ventana donde Stan Laurel, son sus enormes orejas y su expresión ingenua, está a punto de matarse de borracho con vodka.
La carta dice que existe un insólito premio al periodismo otorgado por una fundación hasta el momento desconocida, que fue fundado por un actor y el abuelo de un gordo que suele ser fanático del escapismo.
El hombre del traje blanco puede ser agente de la CIA, de la re-contra, de Gobernación o de la KGB o de todos al mismo tiempo, pero siempre aparece, inmaculado, donde los dos periodistas lo necesitan. A veces da información, pero casi siempre les deja más dudas que respuestas.
Muchos meses después, en Acapulco, México, el flaco agente de la Central Intelligence Agency del gobierno americano está sentado junto a un narco mexicano, toando mojitos, mientras miran a un enano que toca las maracas para una rubia tetona.
El fotoperiodista judío ha olvidado a la reportera de Associated Press y recuerda que su abuelo, un psiquiatra (un joven médico judío que adivina el pasado y que no puede ver sangre), daba sesiones de rehabilitación a Harry Houdini.
Pancho Villa seguirá muerto, para vanagloria de Obregón y vergüenza de México.
Finalmente, todos los personajes se mezclaran alrededor de la historia de una narcotraficante enamorado de las rubias de senos grandes, brincando atemporalmente entre la historia de la CIA en Nicaragua, las manifestaciones políticas en México, las pirámides de Teotihuacán, la Fifth Avenue en New York, una viuda que reclama la cabeza de su amor eterno: Pancho Villa.
Taibo II, crítico como suele ser cuando hace novelas que no se tratan de Belascoarán (ya he dicho que sólo las primeras seis me parecen rescatables), hizo esta novela en 1990, y es tan alucinante que vale la pena leerla. Es divertida y, dentro de su desvarío, aporta datos entre líneas sobre el narcotráfico en México y sobre las intervenciones de USA en la política latinoamericana. Léala, que es divertida.

domingo, 25 de octubre de 2009

Balam V


Era el llamado.
Siempre lo había sentido de la misma manera: como una urgencia de la sangre. No. Más precisamente, como una urgencia que la sangre diseminaba por todo el cuerpo. En la sangre no podía residir ningún tipo de emoción, por eso había que derramarla.
Se levantó de la cama con la sensación de que sería un buen día, de que saciaría su necesidad pronto.
Tomó los instrumentos que tenía en un maletín de cuero y los esparció con amor por sobre la mesa. Los destellos brillantes que en los ángulos del acero despertaba la luz de la lámpara, bailaban en su rostro perfectamente afeitado.
Sonrió.




viernes, 2 de octubre de 2009

Balam IV


-Es extraño, ¿no?
Estaban sentados en un restorán, famoso por su historia negra, ubicado en la misma calle que la Secretaría de Gobernación.
-Digo… El que no haya ningún dato que haga pensar en… pero... bueno, es posible que haya sido por lo mismo de siempre.
Le dolía la cabeza y no quería pensar en eso.
Una mesera enfadada. Se había peleado con su esposo esa mañana porque él había llegado borracho otra vez. Sirve café con leche pero lo derrama en el plato. No ofrece disculpas. Se va, dejándolos. A él con su dolor de cabeza y al otro con sus disertaciones.
-Es que no se parece a nada convencional.
El dolor de cabeza crecía en racimos, extendiéndose desde detrás del ojo izquierdo hasta la nuca. Cuando pasaba por la oreja, se sentía como una quemadura.
-Uno: si no fuera pasional, no habría tortura. Un balazo y ya. los amantes despechados quieren hacer sufrir al infiel.
Los ruidos del restorán, el bullicio de la gente, el entrechocar de los platos, las pláticas ajenas, siempre menos sangrientas y tórridas que las propias y las luces que reflejaban los ángulos de los autos que pasaban por Bucareli, aumentaban su dolor.
-Dos: si fuera de pandillas, habría mensajes para los otros.
El dolor había desaparecido por un tiempo, pero ahora regresaba más intensamente que la última vez. Ya no había medicinas detrás del espejo del baño. Al salir de su apartamento, pensó en comprar una caja de esas, de las que tenían cafeína, en la farmacia que estaba en la esquina de la calle de su oficina, pero lo saludaron con la novedad de que había un asesinato muy extraño.
-Tres: si fuera un robo, no habría por qué haberlo tenido amarrado con… ¿Cómo dice el reporte…? Esposas policiales. Eso es.
El café era insuficiente para controlar el dolor. Hizo un gesto.
-¿Te sigue doliendo?
Asintió.
-¡Ya, mano! Pareces vieja achacosa.
En el departamento siempre se había burlado de él por esos dolores. ¿Migraña?, le preguntaban, ¡Eso mismo tiene mi esposa!
La mesera de cara agria volvió y les puso enfrente la cartera con la cuenta. Con la mano en la cintura, esperó.
-¿No tendrá unas de esas pastillitas de menta? Es que a mi amigo le duele la cabeza…

lunes, 28 de septiembre de 2009

Balam III


Saúl Tuk Monarrez tenía buena suerte. Al menos él lo consideraba así a la luz de cómo caminaba su vida. Había llegado a Coatzacoalcos, cuando tenía 20 años de edad, procedente de Chilam Ticmul, una ranchería cercana a Mérida, buscando trabajo. Consiguió un empleo en uno de los bares del puerto y pronto pudo conocer a mucha gente. Por supuesto, los clientes del bar eran marineros que buscaban solaz y su contacto con Saúl era bastante superficial, pero cordial. Saúl era el tipo del bar que conseguía las cosas: una caja de puros, una botella de Henessi (si los solicitantes podían pagarla), una mujer con un lunar en la boca o con habilidades especiales. Lo que fuera. Esa capacidad de comercio informal fue la que hizo popular a Saúl. Su ojo crítico y certero para buscar clientes potenciales y la manera subrepticia que tenía para acercárseles y ofrecer sus servicios le ganaron el sobrenombre de Balam, el jaguar.
Primero instalado en una barraca cercana al Faro, cantina concurrida, Saúl fue haciéndose de contactos entre las prostitutas del puerto hasta que consiguió la exclusividad sobre una de ellas, con la que compartía una casa de lupanar, en una arrabal más allá de las vías del tren. No era que llevaran una vida conyugal, pero Saúl y Perla vivieron cada uno dedicándose a su trabajo y compartiendo las ganancias y las caricias.
Cuando pudieron hacerse de suficiente dinero para soñar, decidieron buscar nuevos terrenos acercándose al mundo del juego. Hombres que pasaban largas temporadas en alta mar, mujeres con maridos desobligados e hijos hambrientos, un puerto cada vez más prospero en el comercio, la droga que pasaba por los muelles, el tráfico de orientales y la explosión petrolera eran la combinación ideal para quien tuviera la visión de cómo extraer el dinero de esos bolsillos abultados, ávidos por librarse de su carga de papel y metal. Saúl y Perla abrieron una casa de citas y contrataron talladores de cartas, meseros mulatos, prostitutas blancas y amigos en el gobierno.
Muy poco duró aquella felicidad artificial porque, dos años después de inaugurado el local, un parroquiano venido en un barco venezolano le sacó las entrañas a un marinero sueco que estaba riendo con una de las mujeres. El asunto comenzó con una discusión por cualquier cosa y pronto se llegó a las navajas. El sueco se desangró en el suelo y el venezolano buscaba pleito. Saúl no esperó a las palabras y lo mató de un tiro cuando quiso acercarse, con la navaja en la mano, a la prostituta que lloraba sobre el agonizante sueco.
Saúl y Perla debieron malvender el local a un competidor quien les pagó lo suficiente como para que compraran dos boletos de tren y rentaran un cuarto por una semana. Así Saúl y Perla salieron de Veracruz.
En el tren camino a Ciudad de México, Saúl se enteró de que Perla estaba embarazada.


miércoles, 16 de septiembre de 2009

Balam II


Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal
Subprocuraduría Delegación Venustiano Carranza
Servicio Médico Forense

Reporte de Necropsia

Averiguación previa: 32455 / 2007
Nombre: Herrera Sandoval Ángel
Sexo: Masculino
Edad aparente: 30 años
Reconocido: SI ( X ) NO ( )

Reporte de hallazgos:

Se encontró cadáver masculino en sitio abierto, terreno boscoso, sin ropas, sin efectos personales, el día 11 de agosto de 2007, a las 18:33 horas, según consta en reporte de levantamiento de cadáver número 3984 / 2007 y fue trasladado al SEMEFO para realizar estudio necrológico.
Cadáver masculino de aproximadamente 30 años de edad (Tanner) con livideces en región ventral al nivel de cara, tórax, abdomen, brazos, muslos y piernas. Piel marmórea y fauna cadavérica correspondiente a estadio de descomposición grado I. Rigidez cadavérica.
Cráneo con fractura escalonada en región temporal izquierda, de aproximadamente 4 centímetros de diámetro, con hundimiento de láminas externa e interna, fractura conminuta con fragmentos de hueso incrustados en masa encefálica que muestra licuefacción parcial y conservación de masas de tejido hemorrágico. Peso de masa encefálica 780 gramos. Base de cráneo sin alteración aparente en estudio radiológico.
Cara con múltiples maceraciones postmortem y contusiones premortem en región malar izquierda, con fractura de arco cigomático izquierdo y mandíbula izquierda en su rama ascendente. Ausencia de incisivos superiores e inferiores. Maxilar y mandíbula con avulsión anterior de piezas dentarias.
Cuello con huellas de estrangulamiento instrumentado con objeto de calibre aproximado a los 2 centímetros, no completamente circular, con tejido respetado en la región posterior del cuello, abrasiones y hematoma en región anterior. Hay fractura de apófisis laterales de vértebras C5 y C6, sin fractura de apófisis espinosas, con fractura de hueso hioides y avulsión de tráquea de los ligamentos suspensorios; importante edema traqueal y esofágico.
Tórax con pulmones flotantes, con cavitaciones en lóbulos inferiores de 2cm de diámetro la mayor y de 0.5 las menores, en número de 7, positivas a bacilo de Koch. Peso de masa pulmonar 1.3 kg. Corazón con sangre líquida en las cuatro cavidades, con área isquémica en terreno de arteria circunfleja derecha de aproximadamente 3x3cm, con extensión a la cara lateral derecha. Peso de masa cardiaca 280 g.
En abdomen se encontró cámara gástrica con escaso contenido alimentario casi completamente digerido, abundante ácido gástrico con pH 1.1, peso íntegro 1.115 kg, peso drenado 150 g. Intestino delgado sin patología evidente. Colon en porción descendente con materia fecal de peso aproximado a 300 g. Ausencia de vesícula biliar. Hígado discretamente graso, sin disrupción de su estructura, con peso de 2 kg y temperatura 18°C. Bazo y páncreas sin alteraciones.
Miembros torácicos con múltiples hematomas, sin fractura en exploración radiológica, con huellas defensivas producidas por instrumento cortante en ambas palmas, con corte profundo en antebrazo izquierdo cara lateral externa que afectó músculos extensores sin lesión vascular importante. Huellas de atadura en ambas muñecas con abrasión en dos trazos diferentes.
Miembros pélvicos íntegros, con abrasiones en ambas rodillas.
Genitales externos con abrasiones y positivos a semen en la piel. Ano sin huellas de violencia sexual.

Dictamen:

Traumatismo facial múltiple (fractura de cigomático y mandíbula izquierdos, LeFort I)
Traumatismo cráneo-encefálico severo (fractura en escalera de temporal izquierdo, producida con objeto romo de metal, probablemente un martillo)
Tuberculosis pulmonar (activa al momento de la muerte)
Insuficiencia coronaria aguda (Infarto lateral derecho de muy corta evolución)
Colecistectomía (antigua)
Estrangulamiento instrumentado (cuerda de una sola hebra, producida por terceros)

Causa de la muerte: Estrangulamiento.

Hora probable de la muerte: entre 48 y 72 horas

Dra. Olga Castañeda Guel
Médico Forense
Rúbrica.

C.c.p. Archivo
C.c.p. Policía ministerial
C.c.p. Averiguaciones previas

miércoles, 5 de agosto de 2009

El tuerto de Artículo 123 (sobre la obra belascoaranesca de Paco Ignacio Taibo II)



Me permito publicar un ensayo que escribí hace algunos meses y el cual esperaba poder enviar a alguna revista literaria. Por diversos motivos, pero esencialmente porque no sé nada del mundo editorial, dejé de buscar quién se atreviera a perpetrar la publicación de este esnayo, así que decidí publicarlo libremente en este blog. Espero que lo disfruten.

El tuerto de Artículo 123
(Sobre la obra belascoaranesca de Paco Ignacio Taibo II)

Vasco-irlandés de origen, Héctor Belascoarán Shayne se erige como uno de los personajes más entrañables para los adeptos a la novela negra escrita en español. Su tendencia al absurdo –que se refleja en la comunidad variopinta que puebla su despacho y los temas de investigación que aborda– y a la melancolía –representada por la perenne ausencia de la muchacha de la cola de caballo– son dos pilares esenciales del México en que el detective se desenvuelve, pero no son los únicos sobre los que se sustenta el personaje; de ellos emanan, radiándose como los kilómetros desde la Puerta del Sol, diferentes características con las que los lectores se identifican como la soledad, el desencanto, el hartazgo de las formas oficiales, la noche cálida y la lluvia fría que encapotan o hacen resplandecer al corazón.
Francisco Ignacio Taibo Mahojo, pa´ los cuates: Paco Ignacio Taibo II, autor de la saga Belascoarán, es asturiano de nascencia y éste es factor determinante en los orígenes de Héctor quien, aunque vasco-irlandés más que asturiano, representa la otredad con la que el autor se denomina a sí mismo, no con la intención de resaltar entre el mexicanaje, sino como bandera para demostrar que el detective pertenece a una clase de mexicanos que es intrínsecamente diferente al resto, extraña a la de esos con los que se enfrenta y ajena a la de esos que lo miran como simples espectadores.
Paco Ignacio, entonces estudiante de la UNAM, fue parte activa del movimiento estudiantil de mil novecientos sesenta y ocho que se extendió por todo el mundo, desde París y Praga hasta Tlatelolco, y que es recordado como el de la generación que alzó la voz en un mundo y una época marcados por el totalitarismo representado por el bloqueo a Cuba, la muerte del Che, la –entonces caliente– guerra fría, la intervención americana en Vietnam. La generación que hizo “el 68” demostró su diferencia de la sociedad heredada del alemanismo de varias maneras, una de las cuales, acaso la central, es su proclividad al pensamiento independiente y su necesidad no de confrontación, sino de expresión: para el bachiller del sexenio de Díaz Ordaz era más importante la difusión de sus ideas –frescas, libres, esencialmente contrapuestas a las oficiales– de lo que lo fue para sus padres, los bachilleres del sexenio de Alemán Valdez, los iniciados en la modernidad, los verdaderos herederos de la Revolución que los había sacado detrás de los arados y los había colocado al volante de un Oldsmobile, que les había quitado el pulque de las manos y puesto en su lugar un vaso de whisky, para “blanquear el gusto de los mexicanos”.[1] Esa fue la generación que hizo la diferencia y de la que emanaron muchos de los privilegios que hoy gozamos y, sin embargo, es una generación a la que vemos más como la de los masacrados que la de los dueños de las calles; la de los pobres muertos que no conocimos en vez de la que nos heredó el derecho a tomar la vía pública.[2]
Es en ese punto en que Taibo II se encuentra con la posibilidad de usar a un sesentayochero para decir lo que no pudo y hacer todo lo que no le fue posible en su momento. Aclarando que Taibo II estaba en Asturias la mañana del 3 de octubre merced a las diligencias de su padre, no por esto se le considerará un traidor al movimiento: se salvó de las balas pero sufrió la censura, la persecución y el duelo colectivos que siguieron a la noche de Tlatelolco y, sin embargo, encontró en la ficción que ofrece la novela negra el vehículo para decir todo lo que ya no fue posible después de la noche de la Plaza de las Tres Culturas.
Héctor Belascoarán Shayne hace acto de presencia pública, mediados los setenta, representando al desencantado sesentayochero que vive (agradecido de estar vivo y asqueado de vivir como antes –o peor, con miedo) llevando una existencia burocrática: ingeniero de profesión, especializado en análisis de suelos, divorciado y sin hijos, deja a un lado su próspero futuro construyendo puentes y se lanza a la caza de un estrangulador que se autollama Cerevro [3] (sic). No hay referencias fidedignas de cómo sucedió, pero Héctor llegó a compartir un despacho en la calle Artículo 123 de la colonia Centro de Ciudad de México con Javier “el gallo” Villareal, norteño ingeniero, fumador compulsivo de puros jarochos, noctámbulo analista de las deficiencias del sistema de drenaje profundo de la ciudad, amante de las películas de Tarzán y del western; Carlos Vargas, tapicero enamorado del danzón y de las mujeres ajenas, anarquista en las tardes de lluvia y ayudante ocasional de las andanzas detectivescas de Belascoarán y, por último, Gilberto Gómez Letras, plomero que suele dejar sus trabajos pendientes en el escritorio del detective, enloquecido fan de la lucha libre, hijo de un zapatero remendón de la colonia San Cosme, padre de un niño a quien le lee las obas de Goethe.
El por qué un ingeniero sea el protagonista de esta historia puede ser una cuestión fácil de resolver; la ingeniería, una de las posiciones más destacadas dentro de la sociedad mexicana[4], es la antítesis de la acción y el prototipo de la clase media-alta de la época; su desvariante renuncia a la posición que la carrera trae aparejada es la representación de la ruptura del autor con el Estado y sus formas. Héctor es descendiente de un profesor de matemáticas español, ex marino mercante, ex traficante, ex maestro de matemáticas, asilado en México (al que nos encontramos en retrospectiva, unos años después de muerto, dándole clases a José Daniel Fierro, otro protagónico auto-representativo de Taibo II)[5] y de una irlandesa cantante que dejaron a sus tres hijos una posición económica cómoda; por tanto, Héctor es perfectamente capaz de renunciar a su trabajo como ingeniero y aventurarse a tomar un curso de detective por correspondencia. Tan absurdo que puede ser real. Cerevro, un acaudalado empresario con mucho tiempo libre en las manos, es una representación del Estado que aplasta a sus integrantes menos importantes: una secretaria, una estudiante de secundaria, una ama de casa que mueren a manos del opresor, en silencio, sin ser violadas (el Estado no necesita violar, tiene a sus prostitutas de lujo), sin un motivo aparente (¿cuándo se ha requerido un motivo para ejercer el poder?) y sin conexión entre las víctimas (acaso la única sea que no formaban parte de esa esfera inalcanzable del jet-set). Belascoarán, que prefiere llamarse a sí mismo detective independiente (palabra elocuente que lo pone en el campo de la libertad que busca impulsado por sus fantasmas universitarios), camina solo, inexorablemente, por las oscuras calles de Ciudad de México reafirmando su derecho de tránsito ganado en la matanza de Tlatelolco (ganado por otros, no por él: Belascoarán miraba las manifestaciones desde lejos, sin atreverse a entrar al Movimiento), esperando que el azar lo ponga en los pasos del asesino. Taibo II recurre a forzar el encuentro entre protagonista y antagonista usando uno de los vehículos oficiales: la televisión. Aunque Taibo II incurrió pocas veces en la mención directa de nombres públicos durante sus primeras novelas, en Días de combate usó el de Pedro Ferriz y su programa El gran premio de los sesenta y cuatro mil pesos para enviar un mensaje al asesino; el tema que Belascoarán utiliza para llegar a Cerevro es el de los estranguladores famosos.
Taibo II no reparó en mencionar a los personajes de su desagrado por su nombre y apellido hasta que sus novelas policiacas salieron de los libreros de los “lectores de prototipo”; una vez que su nombre empezó a aparecer con frecuencia en la televisión y la prensa escrita, sustituyó la mención indirecta de los nombres y los apodos que la sociedad le confiere a los personajes o por nombres reales o seudónimos que, por esencia, nos hacen saber a quién se refiere. Sin embargo, esto no significa necesariamente que Taibo II haya tenido miedo al poder, que se escudara en personajes velados para mencionar a sus antagonistas, como se refleja en las palabras dichas por Fritz Glockner:

Los judiciales del estado nos traen jodidos, necesitamos una buena policía municipal, alguien a quien no puedan matar sin que se arme un pedote nacional, hasta internacional; por ejemplo, un escritor que acaba de ganar el Gran Premio de Literatura Policiaca de Grenoble, o al que entrevista el New York Times. Un escritor que aunque es de izquierda sale en el programa de Rocha cunando publica un libro.[6]

Esto sólo hasta que La Jornada publicó, por entregas, como se hiciera en su tiempo con La Milla Verde[7], Muertos incómodos (que también publicó Plaza & Janés), mini-novela ejemplar escrita a cuatro manos con quien quiera que se esconda detrás del pasamontañas del Subcomandante Marcos. En esta obra atípica, la mancuerna Taibo II-Marcos menciona en abundancia personajes públicos de la vida política mexicana: Ernesto Zedillo, Martha Sahagún, Fox Quezada, Santiago Creel, Carlos Salinas, y un vasto desfile de personajes clave en la desgracia que es México hoy, pasa por las páginas de la novela que cierra (hasta el momento) la saga de Belascoarán Sahyne.
Una excepción a la novela negra y a la novela política es Héroes convocados[8], alucinante historia en la que el fin es matar al Gustavo Díaz Ordaz. El Gran Néstor es el resentido social que urde el plan en el que han de intervenir los personajes de ficción favoritos de Taibo II para asesinar al ex presidente en venganza por la masacre de Tlatelolco. Así, Néstor consigue que se apersonen en la ya de por sí convulsa Ciudad de México Wyatt Earp con sus hermanos y el tuberculoso doc Holliday al lado de Bat Masterson, Sherlock Holmes con todo y sabueso de los Barkesville (autor material de la muerte de Díaz Ordaz), Sandokán y Yánez de Gomara, los Mau-mau y una tribu de indios americanos entre un alucinante desfile de caracteres que se solidarizan en la tarea de librar a México de su vergüenza personificada en el “cara de mono”. Con todo y lo inverosímil de la historia, Héroes convocados tiene la magia de haberle otorgado una victoria, cuando menos en el campo de la ficción, a quienes fueron aplastados por el aparato del estado. Taibo II, sin embargo, no recurre a esta treta literaria nunca más, cuando menos en sus novelas policiacas.
Es en Días de combate que Belascoarán tiene su primer encuentro con esa ausencia constante que es Irene, la evasiva “niña bien” que maneja un auto de carreras en el autódromo Hermanos Rodríguez en los ratos libres que le deja la búsqueda de los motivos que llevaron a la muerte de su hermana, trabajo que le encargó al detective. Con la muchacha de la cola de caballo (su verdadero nombre, Irene, sólo se menciona en Días de combate una vez y no se repite en ninguna de las otras novelas aunque ella tiene apariciones fugaces y ausencias constantes en casi todas), Taibo II le da a la mujer el derecho que se ganó durmiendo en las guardias de las huelgas, caminando codo a codo en las manifestaciones (imagen asquerosamente Benedettiesca) y levantando barricadas en el Casco de Santo Tomás y Ciudad Universitaria. La mujer de Taibo II es tan hombre como cualquier varón, es un ser humano a cabalidad, que no se conforma con vivir bajo las reglas de los que tenemos los genitales por fuera, sino que busca y gana cotidianamente su derecho a vivir con autodeterminación. Paco Ignacio recurre a otro personaje con estas características: Elisa Belascoarán Shayne, hermana de Héctor y Carlos, es otro personaje fugaz en las historias, siempre moviéndose de un lado a otro y de una acción a la otra, jamás se deja retratar por completo, como si una urgencia intrínseca la obligara a permanecer al margen de las fotografías deseosa de salir de cuadro para posar en un nuevo escenario. Aparecida por primera vez (como algo más que en una referencia breve durante el velatorio del padre recién muerto) en Días de combate, se perfila más claramente en Algunas nubes[9] donde llega a la playa en una motocicleta, sacudiendo su cabello con las ondulaciones de la arena, para lanzar a su hermano a la búsqueda de los quienes maltratan a su amiga Anita. Es Ana representante del otro grupo de mujeres que Taibo II usa como personajes: las oprimidas, las que viven en constante dependencia de sus hombres (esposos, padres y hermanos) y que sólo pueden ser en el marco que ellos les confieren. Un tercer grupo de personajes femeninos que es indispensable en la novela negra y, por tanto, en la novela llamada neopoliciaco mexicano (de la que Taibo II es gurú), es la mujer fatal. La llamada Viuda Negra, amante de un ex presidente mexicano que vive exiliada en Madrid es causa y motivo de que el tuerto detective (quien perdiera el ojo en un ataque a traición –de sicarios, diríamos hoy– y que simboliza que nadie salió del sesenta y ocho sin una marca física) se angustie mientras viaja en el metro en la madre patria y, sin pudor, se deshaga de sus muy mexicanos Delicados y los cambie por tabaco español. Es la Viuda Negra quien, aprovechando su relación con el máximo mexicano, guarda en su propiedad una joya precolombina con la complicidad de las autoridades del Museo Nacional de Antropología e Historia.[10] Estas mujeres no tienen, necesariamente, un nombre; “Melina”, la ondulante reina de la noche de San Juan de Letrán, “Zoriaida”, ayudante de Zorak (el sorprendente Profesor Zobek) y quien en realidad se llamaba Marga, las bailarinas que con sus plumas y boas hacen el deleite de los parroquianos de los bares (ahora llamados table dance, serán llamados TD, Ti Dis, si la tendencia de los gringos a abreviar sus palabras sigue tal y como hasta ahora), son indispensables en este género literario siempre y cuando éste se desarrolle en México.
El mundo del cabaret y la cantina es más vívido en Cosa fácil[11] y No habrá final feliz,[12] dos historias en las que el detective debe buscar, primero, al General Zapata (como representación de que la lucha campesina, traicionada por el gobierno no ha cejado en su intento de reforma) y, segundo, a los asesinos de Leobardo que son, al mismo tiempo, los asesinos de Zorak, escapista de oficio y fortuito entrenador de los Halcones, policías secretos del sexenio de Echeverría Álvarez, responsables de los muertos de bala del diez de julio del setenta y uno, en la Calzada de los Maestros, matanza que es hermana no reconocida de la de la Plaza de las Tres Culturas. Una de las historias, acaso la más feliz, comienza en El faro del fin del mundo, en la zona de Vallejo, entre cubas libres ficticias (sólo coca cola y limón) que el detective bebe mientras espera a los obreros que han de encomendarle la búsqueda del General del Ejército Libertador del Sur. La otra, comenzada con la muerte de un romano sin casco en el baño del edificio de Artículo 123 (acaso el mismo baño donde el detective perdió el ojo), arroja a Héctor a un cabaret de San Juan de Letrán (lo imagino con un tigre blanco de mampostería en la entrada y cartelones donde la actriz principal posa mirando al cielo con una urna dorada en la mano, rodeada de sus indispensable pretorianos panzones), donde Melina hace su show en medio de tres romanos evidentemente tristes por la ausencia de su compañero.
El mundo de la cantina está retratado desde el otro lado, del lado de los buenos, en Sombra de la sombra,[13] novela policiaca ambientada en los años veinte, donde cuatro amigos unidos en apariencia por nada más que la pasión por el dominó y por algunos cadáveres relacionados entre sí, dejan sus oficios temporalmente y por las noches para buscar a unos asesinos que, de paso, quieren echárselos a ellos. Pioquinto Manterola, periodista bajo la batuta de Vitto Alessio Robles, Tomás Wong, sindicalista chino nacido en Sinaloa, Alberto Verdugo, abogado de lúmpenes y prostitutas y Fermín Valencia, ex dorado de Villa y poeta de oficio, son los personajes de esta maravillosa historia.
La muerte es constante en la novela policiaca y en la obra de Taibo II es abundante. Días de combate describe la muerte de muchos personajes reales (como Mary Carruthers y de unos ingenieros homosexuales) y ficticios (como las víctimas de Cerevro y los enviados del mal de Gobernación). Cosa fácil habla de la muerte aparente del General Emiliano Zapata y de la muerte real del campesinado mexicano; Algunas nubes es el relato de las consecuencias que la muerte de un nefrólogo trae para su esposa Ana; la muerte de los estudiantes del Politécnico Nacional es tema central de No habrá final feliz, aunque el asesinato a faca de Leobardo y otros personajes, es parada obligatoria en el recorrido de esta novela; De regreso en la misma ciudad y bajo la lluvia desanda el camino de la muerte; Adiós, Madrid, intuye el suicidio de la vecina canadiense del hotel de Héctor; Amorosos fantasmas, historia de amor y lucha libre, acerca a Belascoarán al homicidio de su amigo el Ángel y al homicidio de una amorosa de Benedetti; Desvanecidos difuntos arroja a Héctor al sureste, donde la muerte se perfila, como doña Eustolia, empuñando un cuchillo cebollero; Sueños de frontera acera al detective a la realidad del narcotráfico en la frontera norte de México, donde la muerte es bastante más real de lo que nos gustaría.
La muerte para Taibo II tiene dos modos de presentarse; cuando un integrante de “las fuerzas del mal” deja su miserable existencia en el piso, su muerte siempre es sucia, tal y como fue la vida del personaje: sórdida. El romano encontrado en el baño del edificio tenía la garganta cercenada y usaba calcetines, símbolo de su terrenalidad y, a un tiempo, señal del absurdo. La muerte de Laura, a manos del tío rico de su novio rico (a quien, personalmente siempre he imaginado en versión cinematográfica como Sergio Corona), por motivos de prostitución y poder, fue una muerte alevosa, que ensució a una muchacha que, en vida, debió ser dolorosamente bella.
El detective se ha enfrentado a la muerte en esas dos formas y en otras más: primero, sobreviviendo al sesenta y ocho; luego, quedando vivo en el atentado aunque perdió un ojo y ganó una placa y unos cuantos tornillos en el fémur; después, sintiendo el cañón de un arma en la nuca durante su aventura en Oaxaca y, finalmente, muriendo en el acto final de No habrá final feliz, cuarta novela de la serie Belascoarán.
¿Por qué Taibo II habría de morir a su éxito literario?

La Prensa. Ciudad de México, … de …: Héctor Belascoarán Shayne, ingeniero civil de treinta y ocho años, fue encontrado muerto en la calle… número… de la colonia… el día…, frente a una bodega en la que se presume había un gran cargamento de contrabando. Las instancias oficiales afirmaron que una banda comandada por el hoy occiso tenía su base de operaciones en la dirección antes mencionada. La muerte del citado ingeniero a manos de sus secuaces deja en claro (…)

Por supuesto, Belascoarán simplemente murió con lluvia en los ojos y no hubo esquela en la nota roja (el desliz es mío). Taibo II dice frecuentemente que una historia tiene la duración que ella quiere y que el autor poco puede hacer para extenderla o reducirla. Apegados a este axioma, digamos que el tiempo de Belascoarán llegó, murió porque tenía que morir; era su destino, su momento, su hora final. Así que Taibo II simplemente dejó que la enfermedad de Belascoarán (enfermedad contagiosa ésta, se llama DF) siguiera su curso natural y acabara con él. Pero algunos personajes se resisten a morir y, como Conan Doyle, Taibo II recurrió a una treta literaria para resucitar a su personaje.
En De regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia nos encontramos con un Belascoarán flaco, pálido, con la barba crecida y desdibujado (si hubiera versión cinematográfica, yo esperaría ver a Héctor en blanco y negro sobre un escenario de colores, o como una imagen siempre borrosa en un comic, traslúcido). El resucitado, el más grande regreso desde Lázaro, se enfrasca en una aventura que no me queda clara, acaso por que estoy más sorprendido de ver a un fantasma que por entender el entorno en que lo miro. No obstante que el tema de la novela y el desarrollo de la mismo no es tan bueno como podría esperarse para un personaje que regresa del más allá, los aficionados a Héctor Belascoarán Shayne no pudimos dejar de relamernos los bigotes sabiendo que de nuevo habría un sheriff en Dodge.
Pero el regreso de Lázaro quedó en el espectáculo de la resurrección y jamás se nos dijo qué fue de él: ¿se hizo hombre de bien, se transmutó en malandrín, dejó su pueblo natal para viajar tras Él? Sabemos, por el contrario, lo que le pasó a Belascoarán. Se hizo convirtió en ganapanes y dejó de ser un buen personaje. Las novelas de Taibo II perdieron extensión y, en mi personal opinión, también calidad.
Una constante de otro autor favorito del que escribe es la lateralidad del texto; Stephen King tiene la cualidad de ramificar las ideas y las situaciones de sus personajes hasta el punto en que la visión de un girasol puede hacer que el protagonista recuerde un olor percibido en su infancia, sin embargo, en el entendido de que esta técnica no es obligatoria para los escritores, las últimas novelas de Taibo II dejan de lado el diálogo interno del personaje, la narración de relaciones existentes entre los personajes, los motivos de ser de la novela misma, provocando un vacío que nadie más que el autor puede llenar. No es una simple crítica: es que los locos belascoaranianos estábamos acostumbrados a leer la explicación de motivos. Sin embargo, este tipo de narración escueta se encuentra como una constante en la obra de Dashiel Hammet, padre absoluto del género negro. El gran golpe,[14] es la muestra representativa de cómo escribir una novela policiaca, es texto obligado para el lector de la novela negra y es casi un evangelio de cómo hacer una obra de suspense. Tal vez sólo estoy recordando lo que dice mi padre sobre el western: las películas donde se habla mucho son malas, como Jack el tuerto, de Marlon Brando, las películas donde se habla poco son excelentes, como Once upon a time in the West, con Charles Bronson. Finalmente, la literatura puede ser un reflejo de la realidad y, en la realidad, el diálogo interno está tan ramificado como un árbol frondoso.
Dejando de la lado el hecho del abierto (y a mucha honra para él) perredismo del autor y, por consiguiente de su personaje, Taibo II, ha dejado de estar interesado en Belascoarán y el pasado que éste representa y lo utiliza ahora como vehículo para la exposición de sus teorías políticas (en su descargo, pregunto: ¿qué es la literatura, especialmente la novela, sino un modo de expresar las ideas personales?); esta actitud ha llevado a la muerte a Héctor Belascoarán Shayne, tuerto detective independiente, muerto una vez a tiros de escopeta, resucitado milagrosamente por obra del santo espíritu del público, casi muerto en un río en Oaxaca, muerto en vida por una teoría política que no es compartida por la mayoría de los mexicanos, independientemente de su certeza o yerro. No es la tendencia política de Taibo II (tan respetable como la mía o la del lector) lo que ha acabado con Belascoarán: son los años y el cambio de un país bárbaro a un país bárbaro con tecnología importada. Belascoarán debe tener ahora alrededor de cincuenta y ocho años de edad y la tecnología ha rebasado a la rabia que la matanza de Tlatelolco le dejó como disparador para buscar la muerte cada día en su nueva profesión. Este país ha cambiado y ahora los preparatorianos prefieren comparar sus i-Pods y el bluethoot de sus blackberry que pensar en el modo de cambiar al país. Al principio, Belascoarán debe haberse sentido tan confundido como quien estas líneas escribe, al ver que cada semana aparece un teléfono celular con una función nueva, pero, a diferencia de quien lee (que seguramente se adaptó rápido a las nuevas tecnologías), la terquedad intrínseca del personaje debe haber puesto una barrera entre él y su entorno.
Yo, como lector ingenuo que soy, como blasto de escritor que pretendo, no espero que Belascoarán Shayne, detective, se modernice. Por el contrario, su único atractivo como personaje es la fidelidad a sus ideas, a sus filiaciones y a sus convicciones. Su terquedad. Yo espero que cuando Héctor Belascoarán Shayne muera de verdad lo haga de modo fiel a su modo de vida, citando a uno de sus cantantes preferidos: “yo no sé lo que es el destino, / caminando fui lo que fui. / Allá dios que será divino: / yo me muero como viví”[15]


Ricardo Marcos-Serna
Ciudad Juárez, Chihauhua
Mayo-Octubre 2008



[1] Pacheco JE, Las batallas en el desierto, Joaquín Mortiz, México
[2] Ayer, con desencanto, escuchamos por el radio una serie de programas referentes al Movimiento, en el 40 aniversario de la barbarie. Con desencanto, si, porque todos los que abordaron el tema lo hicieron de la manera más superficial posible, haciendo citas “elevadas” de gente que las dijo en otro contexto, para mejorar el rating. Desencanto sí, porque cada año se escucha lo mismo, se dice lo mismo. No hay que olvidar, no; hay que analizar y no solamente ser un estúpido narrador de historias que, para eso, nos bastan algunos escritores.
[3] Taibo II PI, Días de combate, Promexa.misterio, México
[4] Sociedad ésta que siempre ha tendido al menosprecio de las clases (sí, la fascista palabra aún existe) bajas y que en su tradición de adulación y autoflagelación lame las botas del poderoso y desprecia a los agachados
[5] Taibo II PI, La vida misma, editorial Planeta, colección Biblioteca Policiaca, México,1992
[6] Taibo II PI, Íbid, p. 10
[7] King, S, The green mile, Orion editors, London, 1996
[8] Taibo II PI, Héroes convocados, manual para la toma del poder, editorial Byblos, México 1996
[9] Taibo II PI, Algunas nubes, Editorial Booket, 1997
[10] Taibo II, PI, Adiós, Madrid, Editorial Booket, 2007
[11] Taibo II, PI, Cosa fácil, Editorial Booket, 2007
[12] Taibo II, PI. No habrá final feliz, Joaquín Mortiz, México
[13] Taibo II, PI, Sombra de la sombra, Promexa, México
[14] Hammet, D, El gran golpe, De bolsillo editorial, colección Los libros del verano, Madrid, 1995
[15] Rodríguez S, El necio, en el disco Silvio, Spartacus Discos, 1995, pista 8

miércoles, 31 de diciembre de 2008

La vida misma

Paco Ignacio Taibo II.
¿Qué orillaría a un escritor a meterse de policía? ¿Por qué caminos la literatura converge con los asesinatos en la vida real? ¿Cuál es la fuerza que impulsa a dejar las teclas y tomar la escopeta? ¿Hasta dónde tiene poder el Poder para aplastarnos?
Cómodamente sentado en su escritorio, en una tarde de lluvia, José Daniel Fierro, escritor de novela policiaca, recibe la visita del Ayuntamiento rojo de Santa Ana. Pero no es una visita social o literaria, ni siquiera relacionada a la semana de la cultura del municipio norteño. Es una petición. Desesperada petición de los políticos rojos para tener un nuevo jefe de policía.
Haciendo del absurdo modus vivendi, JDF accede a ponerse la placa (una de Spiderman, claro está) en sesión solemne del Cabildo. Luego, porque la extensión de la novela lo exige, recibe la primera llamada de emergencia: costureras secuestradas en una maquila. Arreglado el entuerto, JDF debe dividirse entre entrevistas en la estación de radio independiente que el municipio maneja el poblano y muy real escritor mexicano Fritz Glockner, la búsqueda de motivos de una mujer para asesinar a su esposo a machetazos, la intriga que despierta el desconocimiento de si los laureles de la plaza tendrán pajaritos ("Han de tener, no?, para eso son", le responde el Ciego), la fortuita narración de amaneceres en Santa Ana, la búsqueda de arraigo en esta ciudad extraña que es más que un rancho grande lleno de banderas rojas.
Siempre carteándose con su esposa, JDF piensa que la organización del movimiento rojo es mucho más real y complicada de lo que cualquier novela pueda reflejar. Preparar la vigilancia de la manifestación y encontrarse en ella a Carlos Monsiváis fue una sola cosa. <<¿A poco no te gusta?>>, pregunta Monsi cuando JDF le recrimina su participación en la elección del nuevo jefe de policía.
Siempre esperando un frasco de aspirinas y un suéter de cuello de tortuga, JDF se encuentra nuevamente con la muerte cuando es “rafagueado” en una fonducha de Santa Ana.
Aún esperaba el suéter y las pastillas cuando una presencia femenina en su habitación es un tres que presagia un “cuatro”. JDF capotea las insinuaciones de María con una escopeta apuntando al vientre de la mujer y, al día siguiente, cuando apenas se lavaba la cara para despertar, el Ciego le dice:
-Por ahí andan diciendo que Usted es puto.
Para lavar la afrenta que la fuerza policial de Santa Ana ha sufrido, José Daniel Fierro, junto con su escuadra policial, retozan en un cabaret y la carta que JDF manda a su esposa dice: <>.
Nadie puede vivir en la absoluta libertad sin despertar envidias y rencores dentro del Poder, por eso, los caciques del PRI, el gobierno del Estado, la Policía Judicial y otra fauna nociva, deciden romper el Ayuntamiento. Sembrando cadáveres en las iglesias y presionando con bloqueos gubernamentales, JDF y sus jefes y ayudantes, van a parar a la cárcel.
Final esperado para un experimento social de este tipo en México, la disolución del ayuntamiento de izquierda es reflejo de la situación social en este país. Taibo II no hace más que narrar una realidad nacional, permitiéndose decir las cosas que dice bajo un argumento y una parábola muy sencillos: cuando JDF pregunta, aún en su departamento de México, ¿por qué él para jefe de policía?, el Ayuntamiento responde: porque necesitamos a alguien que, aunque es de izquierda, sale en el programa de Rocha cuando publica un libro, alguien a quien no puedan matar…
Y José Daniel Fierro no muere, pero es manchado por esa sucia maquinaria del Poder, que es capaz de inventar cualquier cosa para extirparse un tumor izquierdoso. Si no se entiende claramente este concepto, léase la historia de Johnny Abbes García, en la República Dominicana (después de todo, sólo cambia el paisaje).
Editado por Planeta, este libro es una buena novela que acerca al neófito (a mí me sucedió) al entendimiento del poder y de la izquierda real, no la que cierra avenidas para convertirlas en campos de futbol. Menos de 50 pesos en la edición de Planeta. Búsquelo. Se va a divertir leyéndolo.