domingo, 26 de diciembre de 2010

William Cuthbert Falkner (Faulkner)


It is my ambition to be, as a private individual,
abolished and voided from history
WCF

Born male and single at early age in Mississippi.
Quit school after five years in seventh grade.
Got job in Grandfather´s bank and learned medicinal value of his liquor.
WCF, entire self biography

New Albany, Mississippi, septiembre 25, 1897, Julio 6, 1962.
Prácticamente autodidacta, Faulkner es considerado como el primer escritor de ficción de los Estados Unidos.[1] Probablemente el que mejor retrató su territorio de todos los escritores sureños entre los que se cuentan Mark Twain, Robert Penn Warren, Truman Capote y Tennessee Williams, cada uno de ellos nacido en épocas diferentes dentro de esa pequeña franja de terreno llamada en Ojibwe “el gran río”, delimitada al norte por el estado de Tennessee, Alabama al este, al sur por el Golfo de México y una franja de Louisiana que también lo limita al oeste junto con Arkansas.
  Esta zona de América fue, desde su descubrimiento por Hernando de Soto en 1540, gobernada por España, Inglaterra y Francia, lo que, evidentemente, creo una mezcla no sólo racial, sino cultural, que influenció definitivamente la educación y la vida de Faulkner, como se demuestra en lo siguiente: la constitución estatal de 1890, publicada siete años antes del nacimiento de Faulkner y que estuvo en vigor durante 20 años, segregó de las listas de votantes no sólo a los negros del estado, sino también a los blancos pobres. Este hecho se manifiesta en la obra de Faulkner de manera contundente y redundante en su novela Sanctuary, de 1931, donde Horace Benbow, abogado que defiende a Goodwin de un cargo de homicidio que cometió Popeye (a mi gusto, el personaje más oscuro que se haya inventado en la literatura mundial), viaja a Oxford desde Jefferson, su ciudad natal, buscando los antecedentes de la joven víctima Temple Drake en la Universidad y se encuentra en el tren con Clarence  Snopes, diputado local con quien comparte un asiento, involuntariamente, más allá del vagón de segunda categoría y más lejos aún del vagón de las mercancías y los negros;[2] esto refleja la sutil diferencia entre hombres y pobres y más aún entre aquéllos y los negros. Reflejo de esta discriminación es, también, el edicto promulgado por el coronel Sartoris en A rose for Emily según el cual es indispensable que toda mujer negra que salga a la calle use un delantal.[3] Pero no son sólo los negros aquellos discriminados por la sociedad que Faulkner retrató en sus más representativas novelas, sino que también los blancos pobres, los que trafican whisky de maíz (Bourbon), los que viven en cabañas decrépitas que eventualmente abandonan para buscar una mejor presente (el futuro les es inconcebible), aquéllos que fueron llamados “los arrendatarios” por Steinbeck:

Los propietarios de las tierras o, con mayor frecuencia un portavoz de los propietarios, venían a las tierras (…) Los arrendatarios estaban un rato de pie junto a los coches y luego se agachaban en cuclillas y recogían palitos con los que dibujaban en el polvo. Las mujeres miraban desde las puertas abiertas y detrás de ellas los niños, niños con cabezas de maíz, los ojos de par en par, un pie desclazo encima del otro y los dedos de los pies en movimiento (…)[4]

Estos arrendatarios tienen la ventaja de ser blancos, contrario a los Bundren, familia negra que protagoniza As I lay dying, quinta novela de Faulkner. Sin embargo, los personajes de Faulkner, tanto negros como blancos, viven en una sociedad autocomplaciente, antagónicamente con alto grado de intolerancia y, contradictoriamente con tendencia a la autoflagelación.
            Probablemente esta característica de los sureños, la diferencia entre colores de piel (aún presente en la actualidad) sea solo una de las cualidades que definen a los que, en su momento, fueron un grupo social que defendió a ultranza el esclavismo. En 1860, 55% de la población del estado era de esclavos considerados como propiedad de las haciendas.
Protestantes, presbiterianos, bautistas, metodistas y una mayoría católica de extracción franco-hispana se mezclan en mezquina tolerancia de las costumbres de otros como uno de los pilares tácitos de la obra de Faulkner lo mismo que la de otros autores americanos. El ministro episcopal bautista visitó a Miss Emily buscando que cumpliera con su deber cristiano al pagar sus contribuciones,[5] pero ella declinó la oferta en términos no conocidos (acaso ni siquiera por el mismo autor) de modo que el ministro jamás aceptó regresar a esa casa.[6] Después de todo, ser americano es también una religión. Bill Dean platica con Michael Noonan sobre la desgracia que se cierne sobre Mattie Devore:[7]

Bill Dean: (…) si pregunta, le contarán por lo menos cincuenta, y puede que algunas sean verdad. Me apuesto mi granja a que lo es. Porque mi padre no mentía. Iba en contra de su religión.
Michael Noonan: ¿Bautista?
Bill Dean: No, señor. Yanqui.

            Y aunque no hay yanquis en el sur (qué herejía), el concepto de la religión y el mezquino respeto que merece una corriente por parte de la otra son aplicables a todos los estados de la Unión. Viven como vecinos con recelo, respetándose, pero listos con el Winchester detrás de la puerta en caso de una transgresión más allá de lo urbanamente tolerable. Y la línea de la tolerancia suele ser angosta.

Ya no predico demasiado. El espíritu ya no está en la gente; y lo que es peor, ya no está tampoco en mí. De vez en cuando el espíritu se mueve dentro de mí y entonces  celebro un servicio, o cuando la gente me deja comida los bendigo. Pero mi corazón no está en ello. Lo hago porque es lo que esperan.[8]

            ¿Cuántos tipos de personaje hay en la obra de Faulkner? ¿En qué categoría se le encasillará? ¿Es realista? ¿Costumbrista? ¿Naturalista? ¿Su obra puede ser considerada como determinista? Sí. Y no.
            Por supuesto, es susceptible de ser catalogado en cualquiera de las anteriores categorías y en las que faltan que yo desconozco, pero…

A rose for Emily

            Tal vez ésta sea la más atípica de las obras, tanto cortas, como largas, de Faulkner. La narrativa del escritor se basó, en la mayoría de sus historias, en la prosa de las realidades de sus habitantes, de los personajes que habitaban tanto su imaginario como su recuerdo. Es de destacar que William era nieto de William Clark Falkner, un militar que luchó en las Guerras de Secesión y que escribió dos obras, una de las cuales, vendió cerca de 160 mil copias, algo inusual si se considera que estaba siendo vendida en el periodo de la Reconstrucción Postguerra. The White rose of Memphis y Rapid Ramblings in Europe, las obras del abuelo, no detuvieron a Cuthbert cuando decidió dedicarse a escribir. Su abuela materna, “Damuddy”, enseñó a Cuthbert el aprecio por la música, el dibujo, las artes y la música, además de la lectura.
            A rose for Emily fue publicada en una revista de circulación nacional llamada Forum, en 1930. Su composición es simple y lineal. Cinco apartados componen la obra que narra la vida, obra, pasión y muerte de Emily Grierson, una dama avecindada en la ficticia ciudad de Jefferson, del ficticio Yoknapatawpha County, Mississippi, USA, América, Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, Mente de Dios.
            Narrada en tercera persona y retrospectiva temporal, comienza por el final de la recatada Emily, su funeral, que se realiza en su casa familiar, territorio decrépito por el paso del tiempo y el abandono, otrora fortaleza de la familia y de la misma Emily. El decaimiento de la casa, como sucede con La casa del silencio de José Gorostiza, representa la venida a menos de la poderosa familia Grierson, patriarcado de generaciones. No sólo el hecho de que la casa esté cada vez más desgastada, sino el que otrora orgullosa habitante de la zona más principal de Jefferson se haya visto con el paso del tiempo de algodonales y garajes, indeseables vecinos, reflejo de la malsana promiscuidad social que dejó consigo el fin funesto de la Secesión y el nuevo siglo.
            Sin embargo, no siempre fue así. Durante mucho tiempo la representación de Emily y su padre que los muchachos del pueblo se hacían en la mente, ambos de pie frente a su mansión, él con el látigo y en actitud pratiarcal, dando la espalda a la recatada señorita de rostro seráfico (que, en alquimia simboliza lo sublime, lo que se eleva, la conjunción entre ángeles y deidades aladas)[9] vestida de blanco. La deidad había quedado huérfana y eso la humanizaba y el pueblo decidió que era un buen momento para condolerla porque así se sentían aliviados de esa carga cristiana. Pero Emily prefirió la negación, El nihilismo[10] de ella, entendido como el rechazo filosófico a todos los sistemas de credo, así como su presunta falta del sentido de la vida sin su padre, hizo que lo mantuviera muerto dentro de la casa durante algunos días hasta que se quebró su voluntad y los médicos pudieron enterrar al padre, investidos con su capa de combatientes de lo dañino y purificadores de la existencia.[11] Otra oportunidad para que el pueblo se conmiserara de ella. ¿Estaba loca? En el fondo, los conflictos que llevan a la locura son negaciones de las urgencias que las personas consideramos inaceptables.[12] Emily no estaba loca, por supuesto, sino que no concebía posible que su padre, único hombre, le hubiera dejado sola. Ella es una de esas mujeres que dependen absolutamente de sus hombres: padres, esposos, amantes.[13]
            La soledad la alimenta. Ella está sola porque no conoce otro modo de estar una vez que su padre se ha ido. El sirviente negro, hombre cabizbajo que es capaz, contra los pronósticos de las mujeres del pueblo, de mantener limpia la cocina, baluarte y castillo de la mujer. El castillo significa no sólo la casa, sino las murallas que defienden a una ciudad, como si la ciudad fuera la misma Jerusalén y las murallas la mantuvieran a salvo de los impíos.[14] Nadie que no pertenezca a una de las religiones socialmente aceptables tiene cabida en este pueblo.
            La llegada de Homer Barron, “yanqui de piel oscura” cambiará la vida de Emily. El mero hecho de que Barron sea yanqui ya supone un encuentro con lo opuesto. Qué más opuesto a un sureño que un yanqui, de esos que tienen seis tipos de iglesias católicas diferentes y que puntualmente asisten a la misa y comulgan tanto con dios como con el dinero. Caballeros, lo son, indiscutiblemente. Con esa galantería que los caracteriza, no es difícil entender por qué Emily se enamoró. La pavimentación de la ciudad de Jefferson no es más que el símbolo del cambio, de la entrada a la modernidad. Sus paseos a caballo por la ciudad no son solamente utilitarios: los caballos representan mucho más que un medio de transporte, son el vínculo entre lo divino y lo terreno, son un antiguo símbolo del movimiento de los fenómenos mundanos, representan los fuertes deseos e instintos primitivos. Para los celtas, los caballos aparecidos súbitamente presagiaban la guerra, guerra que para Emily se libraría contra los cotillas de la ciudad. Su pública exhibición sobre el animal del deseo era un abierto desafío al qué dirán. La última vez que a Homer se le vio en Jefferson, fue una tarde en que entró a la casa de Emily. La tarde puede representar (y estoy solamente especulando) la transición de lo que se hace en público y lo que se hará en privado, el espacio atemporal en que dejamos dentro de casa nuestras máscaras y nos mostraremos tal y como somos a quienes comparten nuestro espacio.
            Y el veneno. En los sueños, el veneno representa el intento de liberación sobre algo que nos causa desasosiego que rechaza violentamente una condición o relación que hace sufrir al soñante. Sin embargo, Emily no sueña, sino que, vivita y coleando, gorda irredenta, mata a Homer Barron para evitar que la deje como su otro hombre y todos los que este le quitó de conocer, aleando que nadie en Jefferson era tan bueno como para emparentar con los Grierson.
            La muerte de Emily no es una sorpresa, sino el final esperado para una historia trágica:

Eleanor Rigby died in the church
and was buried alone with her name. Nobody came.
Father McEnzie, whipping the dirt of his hands
as he walks from the grave.No one was saved.
All the lonely people: Where do they all come from?
All the lonely people: Whe do they all belong?[15]

Y, así, la muerte nos lleva a la segunda historia que trataremos.

As I lay dying

            Los personajes de esta novela son de lo más vulgares en el sentido mundano. Addie, la madre muerta, es acarreada en un ataúd de madera afinado hacia el pie que construyera su hijo Cash mientras ella lo veía por la ventana clavar las maderas. Un bello ataúd:

En el cementerio semirrural de Brenntau, con sus dos secciones a uno y otro lado de la avenida de los olmos, con su capillita que parecía recortada como para un nacimiento, con su pozo y sus pájaros animados; allí sobre la avenida del cementerio cuidadosamente rastrillada, abriendo el cortejo inmediatamente después de Matzerath, gustome por vez primera la forma del ataúd. Después he tenido la ocasión de deslizar mi mirada sobre la madera negra o parda que se emplea en los trances supremos. El ataúd de mamá era negro. Reducíase en forma maravillosamente armoniosa hacia el pie. ¿Hay alguna otra forma, en este mundo, que corresponda más adecuadamente al cuerpo humano?
¡Si también las camas tuvieran este afinamiento hacia el pie![16]

Pero este ataúd no era negro, sino de madera basta. La madera, como ha dejado claro el Dante, es la materia primigenia, por ello, los suicidas que han tratado al templo del espíritu como simple materia han sido transformados, en el segundo recinto del séptimo círculo, en árboles.[17]

Entonces extendí la mano hacia delante, cogí una ramita de un gran endrino, y su tronco exclamó: “¿Por qué me rompes?”. Inmediatamente se tiñó de sangre y volvió a exclamar: “¿Por qué me desgarras? ¿No tienes ningún sentimiento de piedad? Hombres fuimos y ahora estamos convertidos en troncos. Tu mano debería haber sido más piadosa aunque fuéramos almas de serpientes (…) cuando el alma feroz sale del cuerpo de donde se ha arrancado ella misma, Minos la envía al sétimo círculo. Cae en la selva, sin que tenga designado sitio fijo, y allí donde la lanza la fortuna, germina como grano de espelta (…)

La madera es, también, una confrontación entre lo natural y lo civilizado.[18] Así, al hacer el ataúd de madera, Faulkner evidencia la poca racionalidad de sus personajes en esta obra. E iba en una carreta tirada por mulas, caballos anormales que tienen el mismo simbolismo que señalé en los párrafos previos.
 Anse y los supervivientes de su familia lo llevaban a Jefferson porque Addie lo había pedido así y porque Anse necesitaba comprarse un par de dientes falsos. Existen varias interpretaciones para los dientes: el parto en el que una pequeña parte del cuerpo femenino se separa del resto, produciendo sangrado y dolor, la masturbación en la concepción freudiana para los hombres (pobre tipo, qué pen… era), en Egipto antiguo era un presagio de muerte para quien los perdía pero la interpretación más aceptada es que se refiere al inconsciente deseo de que un familiar muera.[19] En este sentido, la carencia de los dientes de Anse y su deseo de comprar un par postizo representa su liberación del matrimonio con Addie y su deseo de casarse nuevamente.
Cash es un hombre práctico y utilitario: cuando su pierna se rompe sobre una fractura previa y su padre lo escayola con cemento, cortando el flujo sanguíneo y amenazando la circulación y la existencia de la pierna misma, aún después de caer al río crecido y lastimarse sobre la lastimadura, Cash prefiere caminar hasta la casa del Dr. Peabody a ser llevado en la carreta junto al ataúd de su madre, el cual estaba desbalanceado porque habían colocado el cadáver al revés. La herida de Cash representa el sacrificio, lo mismo que la sangre que se ha derramado. El hueso, per se, representa la semilla y es símbolo de la vida y la resurrección.[20]
Darl, por el contrario a Cash, es un ente intelectual y pragmático, nada práctico. Prefiere enterrar a su madre en el granero a llevarla hasta Jefferson, pero cede ante la decisión de sus familiares.
Jewel es medio hermano de los otros ya que su padre no es Anse, sino el reverendo Whitfield. La legitimidad de los hijos es un tema escabroso, especialmente cuando el padre no se entera del engaño. Jewel es el preferido de Addie y su trato es extremadamente deferente para con él que para con los demás. Darl, enterado de esta situación: preguntó a Jewel: ¿quién es tu padre?, dejando en claro que no serán hermanos nunca más.
Dewey Dell es la única mujer y está embarazada. El embarazo puede representar el comienzo de una nueva vida, en este caso, sin Addie y con la carga de ser la única mujer de la familia. El embarazo puede representar la oportunidad de llevar a cabo un proyecto que ha estado gestándose durante algún tiempo. Su amante le ha dado diez dólares para que se haga un aborto aprovechando el viaje a Jefferson, pero el droguero Moseley se niega a ayudarla. Es este punto relevante para la historia ya que el aborto, aún cuando no consumado, representa que todos los proyectos se han ido al traste. Interesante caso en el que el embarazo, es decir, el proyecto, es no deseado y que el aborto, el fallo para llevar el proyecto a su fin, sea el deseo de Dewey Dell ponen a Faulkner en las antípodas con los escritores freudianos.
Vardaman es el menor de los hijos y el único que presenció la muerte de Addie. Pescador de oficio a sus diez años, considera que su madre es un pez y taladra hoyos en la caja del ataúd para que ella pueda respirar. La alegoría del pez hace referencia a que el niño, aún a su corta edad y después de trauma que ha pasado al ver morir a su madre, la sigue considerando un ente psíquico con el cual lo une in vínculo intangible, el aire que respiran. El pez, por otra parte, es sinónimo de la fertilidad merced a la gran cantidad de huevos que posee. No es raro, entonces, que la fecunda madre de esta familia sea considerada como un pez por el menor de sus productos. Vardaman intentó comprar un tren de juguete en Jefferson, pero al llegar a la tienda se da cuenta de que no está más en el aparador. El juguete representa una desviación erótica del instinto materno. Vardaman necesita algo de qué aferrarse a la muerte de su madre y por ello busca un juguete que le es negado por las circunstancias. El juguete puede representar un juego de marionetas en el que el personaje es manipulado por otros con intención de alejarlo de sus deseos. El color rojo del juguete está íntimamente relacionado a la pasión y al sacrificio, lo mismo que la sangre y las heridas.
Peabody es el médico que se encuentra desencantado con su profesión. Los médicos representan el deseo de sanar, tanto física como psicológicamente. También son símbolo de autoridad. El que Peabody esté pasando por un momento de decepción laboral puede representar que la autoridad no es bastante para regir los acontecimientos que los Bundren están pasando.
Whitfield confiesa ante el cadáver de Addie que él es el padre de Jewel. Aunque no obtiene perdón de Anse, se cree salvado por haber confesado y se puro ante los ojos de dios.
La narración de la historia recae en quince de los personajes, pero los principales narradores son Darl con 19 capítulos y Vardaman con 10. Probablemente no sea sorpresa que Darl narre casi todo el libro ya que es el intelectual de la familia, el más centrado de todos ellos y el que entiende mejor lo que significa llevar un cadáver hasta Jefferson en una carreta tirada por mulas. Si diferencia de los otros hace que sea recluido en un sanatorio mental al final de la obra.




Enedina Cano Barrera (aportación subrepticia)
Ricardo Marcos-Serna (aportación descarada)
Ciudad Juárez, Chihuahua



[1] Towner TM, The Cambridge introduction to William Faulkner, Cambridge University Press, Cambridge, UK, 2008, p. 1
[2] Faulkner W, Santuario, Bruguera editorial, Barcelona, 1982, p 173
[3] Faulkner W, A rose for Emiy, en http://www.ciudadseva.com, “hogar electrónico del escritor Luis López Nieves”, Puerto Rico
[4] Steinbeck J, Las uvas de la ira, Planeta de Agostini, S.A., publicado por el diario El Planeta, serie Premio Nobel, Barcelona, 2003, capítulo 5, p. 51-62
[5] Tanto como Monseñor Norberto Rivera Cabrera hiciera hace dos días al realizar la Homilía del Domingo en la Catedral Metropolitana, qué coincidencia, pidiendo que el pueblo de México de a dios lo que es de dios y al césar lo que es del césar, qué original país tenemos. No creo que monseñor haya leído a Faulkner, de cualquier modo.
[6] Faulkner W, A rose for Emily, Op. cit.
[7] King S, A bag of bones, Random House Mondadori, México, 2006, p. 192
[8] Steinbeck J, Op. Cit. p. 35-6
[9] Cirlot JE, Diccionario de símbolos, 2nd edition, Routledge, London, 1971
[10] Wolfreys J, Robbins R, Womack K, Key concepts in literary theory, 2nd edition, Edinburg University Press, Edinmburg, 2006, p. 71
[11] Cirlot JE. Op. Cit.
[12] Lewis JR, Oliver ED, The dream encyclopedia, 2nd edition, Visible Ink Press, Detroit, 2009, p. 88
[13] Marcos-Serna R, El tuerto de artículo 123. Sobre la obra belascoaranesca de Paco Ignacio Taibo II, en http://www.lecturaexperimental.blogspot.com
[14] Cirlot JE, Op. Cit.
[15] McCartney P, Lennon J, Eleanor Rigby, from the album Revolver, track 2, Abbey Road Studios, London, 1966
[16] Grass G, El tambor de hojalata, Punto de lectura, México, 2006, p. 216
[17] Aliguieri D, La divina comedia, Época editorial, México, 2006, p. 80
[18] Ferber M, A dictionary of literary symbols, Cambridge University Press, Cambridge UK, 2007
[19] JR, Oliver ED, Op. cit.
[20] Cirlot JE, Op. Cit.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La mujer que llegaba a las seis


No me digan ustedes dónde están mis ojos: pregúntenme hacia dónde va mi corazón
Jaime Sabines

Puede usted imaginárselo, simplemente. No necesita saber su apellido; él es José, el cocinero que todos los días le sirve a usted el café, con las mangas remangadas, los brazos velludos debajo de los pliegues de la blanca camisa, las manos gruesas, sin anillos. El que siempre limpia la barra, exactamente donde ya estaba más limpia, con el mismo trapo amarillo humedecido en desinfectante. Delante de la barra con su cubierta de poliuretano, sillas giratorias, de vinil de color rojo oscuro, con rodete de aluminio. Limpias, claro, pero envejecidas. La barra iluminada por luces de tubo, blancas; dominándola, un reloj de cara blanca, manecillas negras y de borde metálico, marca las seis. Afuera, la claridad se abre paso poco a poco, o desaparece lentamente, según de qué seis estemos hablando.
Tal vez (sólo tal vez) si usted se para en la acera de enfrente y mira en dirección al restaurante –una isla de luz intensa en la oscuridad de los edificios del rededor–, verá a José limpiando con su trapo amarillo, detrás de un letrero de neón que brilla en el cristal y dice, sencillamente, café.
La mujer que ha entrado en el restaurante camina con soltura y cierto profesionalismo en el gesto. La delatan las zapatillas altas, el aire despreocupado con el que menea la bolsa que lleva en la mano, la falda (no demasiado corta) que ciñe sus caderas y sus largas y bellas piernas con medias negras. El cabello, demasiado suelto, parece un peinado de los ochenta, adelantado a su tiempo.
Cuando se sienta frente a José y mira el reloj, usted se acerca, desde la acera de enfrente y entra al restaurante. Las campanillas sobre la puerta no han sonado esta ocasión. Le llega el rumor de las voces.
-   … te has dado cuenta de nada.
Él se ha inclinado para encenderle un cigarrillo y, de  reojo, con pudor, amor, ternura y deseo mezclados, con la mirada de un adolescente, mira el seno de ella que el escote ha dejado entrever.
Hablan, pero dicen más con su actitud que la boca. Evidentemente, él está –o cree estar– enamorado de ella. Pero ella no. Claro que no. Ella disfruta la vida fácil y la estabilidad que el bueno de José le ofrece parece una oportunidad poco atractiva.
Pero eso es demasiado simple. Ella parece querer a José a su modo: como si viera en el cocinero a uno de sus pilares, por un lado, el que todas las mañanas le ofrece lo mejor de su hogar y sabe, dentro de sí, que José siempre va a estar esperándola. Por otro lado, ve a José no como un hombre, sino como a un perro que siempre va a estar menando la cola cuando ella legue a casa, sin importar si trae las manos manchadas de barro o sangre. No. A ella le gusta otro tipo de hombre.
Y José.. José parece estar harto de ella y de sus desplantes; de sus despechos, como el que le hace en este mismo momento:
- Qué horror, José. Qué horror… - la escuchamos decir y perdemos el hilo de la conversación. Pero miramos la espalda de José que está limpiando un anaquel. La espalda debe estar tan ruborizada y encolerizada como el resto del hombretón.
Y ahora hablan de homicidio.
- ¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque después de haber estado con él siente asco de ese y de todos los que han estado con ella?[1]




En 1950, Gabriel García Márquez escribió este cuentecillo que apareció, en México, en el libro Ojos de perro azul, publicado por editorial Diana, junto con La noche de los alcaravanes, Eva está dentro de su gato y otros cuentos. Parece una novelilla policiaca de pulp fiction, de esas que se publicaban en papel barato y que se editaban en Estados Unidos hasta mediado el siglo pasado; novelas baratas en contenido y material: historias simples, del tipo detectives enfrentados a misteriosos asesinos seriales, westerns, romances al mejor estilo de V. C. Andrews, con héroes como Kalimán y The Phantom Detective (quien, años después, daría origen a The Green Hornet). El material era, llanamente, pulpa de madera que era más barata que el papel. En la década de los cincuenta un pulp costaba diez centavos de dólar mientras que una revista de papel tratado costaba veinticinco centavos.
Claro: siempre hay más cosas detrás de la literatura que la historia impresa en el papel.


[1] García-Márquez G, La mujer que llegaba a las seis, en Ojos de perro azul, editorial Diana, México, 1987, página 104

sábado, 16 de octubre de 2010

Cuatro Manos

Paco Ignacio Taibo II

Ciudad Juárez, Chihuahua. Un hombre silencioso cruza la frontera hacia el sur. Lleva una ajada maleta en la mano. En ella, seis botellas de vodka.
Ciudad de México. Muchos años después. Otra ciudad, más al sur. Un gordo periodista está enfundado en una camisa de fuerza. Busca desesperadamente librarse de ella no para conseguir la libertad de los cuerdos, sino para leer una carta.
Managua, Nicaragua, en la época de los contras. Las calles llenas de escombros y barricadas que la resistencia ha puesto antes de ser atacada por el gobierno. Un periodista arrastra a otro por la calle mientras se cubre la cara con un pañuelo, protegiéndose de los gases lacrimógenos. El otro sangra por la boca. Un taxi se les apareja y un hombre de traje blanco los auxilia, sonriendo.
New York, USA. Un hombre entra a su oficina a través de la ventana. Dentro, nadie se sorprende de la excentricidad del jefe que prefiere la salida de emergencia como acceso a una de las oficinas más secretas de la CIA.
Zacatecas, México. Un fotoperiodista judío toma la foto de una corresponsal del AP. Está desando acostarse con ella, pero las tradiciones parecen obstaculizarlo. No recuerda, en ese momento, que alguna vez sangró en Nicaragua.
El norte de México. Un enano con nombre de cantante de música tropical está a punto de secuestrar a otro hombre. Su ayudante es un cavernario enorme, prototipo del matón de película de los 50.
¡Mataron a Pancho Villa!, grita un niño en Parral, corriendo frente a la ventana donde Stan Laurel, son sus enormes orejas y su expresión ingenua, está a punto de matarse de borracho con vodka.
La carta dice que existe un insólito premio al periodismo otorgado por una fundación hasta el momento desconocida, que fue fundado por un actor y el abuelo de un gordo que suele ser fanático del escapismo.
El hombre del traje blanco puede ser agente de la CIA, de la re-contra, de Gobernación o de la KGB o de todos al mismo tiempo, pero siempre aparece, inmaculado, donde los dos periodistas lo necesitan. A veces da información, pero casi siempre les deja más dudas que respuestas.
Muchos meses después, en Acapulco, México, el flaco agente de la Central Intelligence Agency del gobierno americano está sentado junto a un narco mexicano, toando mojitos, mientras miran a un enano que toca las maracas para una rubia tetona.
El fotoperiodista judío ha olvidado a la reportera de Associated Press y recuerda que su abuelo, un psiquiatra (un joven médico judío que adivina el pasado y que no puede ver sangre), daba sesiones de rehabilitación a Harry Houdini.
Pancho Villa seguirá muerto, para vanagloria de Obregón y vergüenza de México.
Finalmente, todos los personajes se mezclaran alrededor de la historia de una narcotraficante enamorado de las rubias de senos grandes, brincando atemporalmente entre la historia de la CIA en Nicaragua, las manifestaciones políticas en México, las pirámides de Teotihuacán, la Fifth Avenue en New York, una viuda que reclama la cabeza de su amor eterno: Pancho Villa.
Taibo II, crítico como suele ser cuando hace novelas que no se tratan de Belascoarán (ya he dicho que sólo las primeras seis me parecen rescatables), hizo esta novela en 1990, y es tan alucinante que vale la pena leerla. Es divertida y, dentro de su desvarío, aporta datos entre líneas sobre el narcotráfico en México y sobre las intervenciones de USA en la política latinoamericana. Léala, que es divertida.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Los minutos negros, de Martín Solares

La memoria es el deseo satisfecho
Carlos Fuentes

A veces, la memoria parece fallar, pero la realidad es que el olvido sólo es una artimaña de la mente para protegernos. Uno se esfuerza tratando de recordar (con imprecisión, ciertamente) las cosas que nos dolieron y se recrea en la rememoración de las cosas que nos satisficieron. ¿Pero qué hacer cuando la memoria está nublada por los acontecimientos recientes? ¿Qué hacer cuando se quiere recordar y la realidad nos lo impide? Nada más que un ejercicio de voluntad.
Las últimas publicaciones del blog han tomado el camino del “análisis” y de la “reflexión”, cosas que suenan más a discurso político que a literatura. Basta de eso.
Yo no sé nada de literatura más que el hecho de que me gusta y disfruto leer y la poca formación académica que de literatura tengo se la debo a Enedina Cano Barrera (un abrazo) quién me mostró que la literatura es más que palabras, una tras otra.
Intentaba recordar un buen libro sobre el cuál escribir para incitar a que otros lo lean. Pasaron por mi cabeza títulos como México, tierra de volcanes, de Schlarmann, La lejanía del Tesoro y Cuatro manos, de Taibo II, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, La ladrona de libros de Markus Suzak y hasta Cómo escribir y publicar artículos científicos, de Robert A. Day. Pero mis reminiscencias me encauzaron hacia Los minutos negros, de Martín Solares (Tamaulipas, México, 1970).
Existe un artículo Hugo Hiriart publicado en Letras libres de enero de 2007[1] que desmiembra puritanamente la obra. Si quieren leer a un literato antes de seguir pasando las frases de este ensayo, vayan al enlace que está debajo; si no, adelante: sigua leyendo (como dijo Cortázar: allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo)[2].
En los años 70 se ¿suscitaron? ¿acontecieron? ¿dieron? los asesinatos de muchas jovencitas en Tamaulipas, al Noreste de México. Todo apuntaba a la existencia de un asesino serial.
El Macetón Cabrera,[3] policía moderadamente idealizado y desmitificado (palabra de Hiriat en su ensayo) es el principal personaje involucrado en averiguar quién carajos está matando a esas jovenzuelas, en la novela.
El Macetón es un hombre tranquilo, entenado de un tío suyo al que mata otro asesino serial al que los médicos conocemos bien: la hipertensión.[4] Después de muerto su amigo y mentor, el Macetón mezcla sus recuerdos entre las enseñanzas del tío muerto, el recuerdo de Alfonso Quiroz Cuarón y el de Rigo Tovar.
Permítanme detenerme aquí: Quiroz Cuarón (Ciudad Jiménez, Chihuahua, México, 1910) fue, tal vez, el máximo exponente y (como los médicos solemos decir) padre de la criminalística mexicana. Primer graduado de criminalística de la UNAM, Quiroz Cuarón fue el principal propulsor del estudio del criminal como ente social anómalo y publicó infinidad de trabajos al respecto (me gustaría ver una cita del Dr. Quiroz en un capítulo de Criminal Minds).[5] Por otra parte, Rigo Tovar (Matamoros, Tamaulipas, México, 1946), fue un músico entregado al ritmo tropical (si es que Tamaulipas, México, localizado en latitud 27º40' a 22º12', longitud 97º08' a 100º08', se puede considerar un trópico), cuyas principales obras o, cuando menos, las que yo recuerdo más son El sirenito (Tovar R, El sirenito, en Rigo el guapo, Fonart, 1974)[6] y Mi matamoros querido[7] (Tovar R, Mi Matamoros querido, en Matamoros querido, Fonart, 1971), ambas grabadas con el conjunto Costa Azul.
Ambas referencias que, dice Hiriart en su ensayo, son más para dar marco histórico a la obra, forman parte central de la novela. A mí me importa poco: son personajes y eso me basta.
El Macetón se mueve en un ambiente que si bien está situado en el México de los 80, puede ser extrapolado al México actual, lleno de cadáveres, policías corruptos, narcos y “juniors”, hijos de estos últimos, fantoches, mamones, presuntuosos y torpes. Su mundo es el cabaret, el porche con unas chelas en la mano y los arrabales donde se encuentran los cadáveres de las mujercitas asesinadas.
Increíble similitud de las escenas de muerte de la novela con las de la realidad en Ciudad Juárez (suspiro, por la ciudad, no por las muertas), el desenlace es similar en las dos historias aparentemente ficticias: un allegado al poder es el responsable.
No me da empacho decir esto sobre el final de la obra. Si un extranjero lee esta novela no se sorprenderá del final y si es un mexicano el lector le parecerá muy próximo a la realidad.
Creo que es un libro disfrutable, de principio a fin.
Vale la pena leerlo y no cuesta más de 200 pesos (twenty USD) en Gandhi.
Mi querida Enedina Cano lo tiene autografiado por el autor con algo más que dedicatoria: un gato mitad cholo, mitad pachuco, dibujado por el autor de la novela.
Búsquelo, que se va a divertir leyéndolo.



[1] Hiriart H, Los minutos negros, de Martín Solares, consultado el 13 de octubre de 2010 en http://www.letraslibres.com/index.php?art=11624
[2] Cortázar J, Instrucciones para dar cuerda al reloj, editorial desconocida por el autor (perdón)
[3] Macetón, en México, es una expresión amigable para cabezón.
[4] Qué pretensión la nuestra: llamamos asesino serial o, más precisamente, asesino silencioso, a la hipertensión arterial creyendo que la enfermedad es enemiga del hombre, tomándonos en serio y como una afrenta personal que el hombre tenga que morir, como si nosotros fuésemos los adalides de la vida. Dice García Márquez en El amor en los tiempos del cólera: cada quién es dueño de su propia muerte y, llegado el momento, lo único que el médico puede hacer es ayudar al paciente a morir sin miedo ni dolor. ¿Por qué, entonces, tenemos esa actitud de ganarle a la muerte? ¿Es que el médico debe tomarse como afrenta personal que la muerte sea la consecución de la vida?
[5] Pueden encontrar la obras del Dr. Quiroz en http://openlibrary.org/authors/OL666917A/Alfonso_Quiroz_Cuaro%CC%81n
[6] Video en  http://www.youtube.com/watch?v=QhI0gIKi0Xk No es el mejor video que hay en Youtube, pero es el que se escucha mejor.
[7] Video en http://www.youtube.com/watch?v=VB74CYqX3_Y&feature=fvw que es donde mejor se escucha.

ADD: pueden leer una reseña en inglés de este mismo libro en 
http://writersoftheriogrande.com/2010/11/the-black-minutes-review-by-edgardo/
un blog que vale la pena visitar.

lunes, 11 de octubre de 2010

No Reservations


I shall confess I like to watch food TV programs because I love to eat. And eating is far beyond the simple act of putting food in your mouth, but the ritual of making food and serving it and sharing it.
I will say I have never read a Bon Appetite magazine or a Gourmet one, but I assume that the articles we can find into them are very similar to what Mr. Anthony Bourdain narrates in his program No Reservations (a TV show that has nothing to do with Hell´s Kitchen and that stupid Gordon Ramsay).
“… I write, I travel, I eat and I´m hungry for more” says Mr. Bourdain introducing his show. And this is what I want to write about.
Usually ironic and sarcastic, this time Bourdain made was it seems a great discovery. He traveled to Madrid and found something that, as far as I can say, surprised himself. The rich culture of Spain, mixed to seven centuries of Arabic colony and the influences of other countries food are shown in this 41 minute episode of the series.
Bourdain narrates his travel in very kind terms, shutting his mouth when he has to and filling it whenever he can. Is in those moments when you can appreciate the scent of the show: the simple things around food that makes so pleasant, like a good chat.
Sited in a bullfighter bar he asks who between Rita Hayworth and Eva Gardner was hotter and the answer of the chef is: Eva Gardner was a danger with two legs.
In this episode, Bourdain talks more than he narrates and this is the good thing about it: you feel like you was there, enjoying the food and the chat with those people.
I think that shows my point: food is more than simply chewing. It´s enjoying.
You can see the full episode in the following address: http://www.free-tv-video-online.info/player/megavideo.php?id=M925YLRF

Credit of the image to http://www.google.com.mx/imgres?imgurl=http://buffaloeats.files.wordpress.com/2010/05/anthony-bourdain-no-reservations1.jpg%3Fw%3D400%26h%3D300&imgrefurl=http://buffaloeats.org/buffalo-food-on-tv/anthony-bourdains-no-reservations/&usg

domingo, 10 de octubre de 2010

Balam VII




Borracho. De nuevo.
Esto no debería pasar.
La última vez que satisfizo sus ansias había sido con una jovencita. Gritaba pidiendo ayuda a una virgen que no estaba tras las nubes negras que cubrían la ciudad. Había sido satisfactorio.
Pero ahora la necesidad lo atacaba de nuevo. Esa urgencia, esa maldita urgencia.
Se sabía perseguido, pero no importaba. Cuando la necesidad era tan grande, no había riegos que la rebasaran.
De nuevo, era el momento.

Crédito de la imagen a:
http://www.google.com.mx/imgres?imgurl=http://aunqueseaceniza.blogia.com/upload/20060416220342-oscuridad.jpg&imgrefurl=http://txemistry.wordpress.com/2009/04/08/miedo/&usg=__XdziEyt6AfmWXPY9MZfMitmlHfc=&h=341&w=375&sz=9&hl=es&start=69&zoom=1&tbnid=LGS-9RXPZ5LhzM:&tbnh=128&tbnw=167&prev=/images%3Fq%3Dmiedo%26hl%3Des%26biw%3D1130%26bih%3D590%26gbv%3D2%26tbs%3Disch:10%2C2204&itbs=1&ei=zUSyTJfTDcynnAeqrrSHBg&iact=hc&vpx=530&vpy=107&dur=263&hovh=184&hovw=202&tx=90&ty=113&oei=pUSyTLTqC8KC8gbEoZWdCQ&esq=5&page=5&ndsp=16&ved=1t:429,r:13,s:69&biw=1130&bih=590