miércoles, 25 de noviembre de 2009

Genoma


Matt Ridley


Británico, periodista divulgador de la ciencia y doctor en zoología, escribió en 1999 una serie de precisos ensayos sobre el genoma humano.

Genoma, la autobiografía de una especie en 23 capítulos, es un ameno recorrido por un intrincado mundo en el que el lenguaje tiene sólo 4 letras que se acoplan formando 20 frases y que resultan finalmente en 300 000 dialectos diferentes, la bases nitrogenadas, los aminoácidos y el proteoma, respectivamente.

De un modo ameno, preciso y certero, Ridley narra la historia del genoma humano desde la existencia del último LUCA hasta la pelea por la supremacía que los cromosomas X y Y libran en la actualidad para crear al humano perfecto.

No es simmplemente un libro técnico que aporte datos doctos sobre genética humana, sino una puerta para que cualquiera con un mínimo conocimiento en biología entienda cómo funciona lo que puede ser la más intrincada red de reacciones químicas, que la evolución ha puesto en cada una de las células no sólo humanas, sino de todos los animales.

Un libro como éste no puede pasar la prueba del tiempo sin resultar incompleto hoy, diez años después de su publicación, cuando los conocimientos sobre el tema que trata han alcanzado niveles impensables en el momento en que fue escrito; sin embargo, creo que lo más destacado del libro es que allana el camino para plantear interrogantes sobre nuestra relación con otras especies: El genoma es cien por ciento humano, o tiene segmentos de material que pertenecen a otras especies con las que estuvimos en contanto en la antigüedad? Si sólo unos cuantos genes nos diferencian de la mosca de la fruta, por qué somos tan diferentes? En qué momento el humano se separó de los homínidos con los que guardamos menos semejanza que con la Drosophila melanogaster? Cómo es que el cromosoma X regula la función del Y? Cómo nos ayuda la genética para saber si un sospechoso de asesinato es culpable o inocente? Cómo explicar que los niños de 3 años conjuguen verbos sin saber absolutamente nada de gramática? Qué es en genética una quimera? Por qué el 70% del genoma humano es silente y sólo 30% produce proteínas capaces de hacernos lo que somos?

No se piense que este libro es un truco de magia: el autor no formula la pregunta sobre cómo es que la inteligencia se hereda para después hacer unos cuantos párrafos de humo y explicar, deslumbrando al lector, lo que es una teoría reluciente o un hecho evidente. Lo que hace es presentar datos referenciados dejando que el lector se formule las preguntas. Todo está ahí, en el libro, como toda la información está inscrita en el genoma esperando que alguien con paciencia y cierta capacidad de abstracción la descifre, ordene y presente como hipótesis o hecho científico demostrable y reproducible.

Médicos, genetistas, biólogos y matemáticos, profesores, y legos pueden disfrutar esta obra ya como historia antigua (en la ciencia 10 años son una eternidad) o como trampolín para saltar al ejercicio de la abstracción.

En México se editó por la filial de Punto de lectura.

Por supuesto, como digo en casi todas las entradas, vale la pena leerlo, sino, no me ocuparía en recomendarlo.


Ridley M, Genoma, la autobiografía de una especie en 23 capítulos, Punto de Lectura, México, 2006

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Arrendatarios y Enviados




Cortometraje basado en una obra de Steinbeck. Por Ricardo Marcos-Serna

Escena 1
FONDO negro. Se escuchan algunos ruidos del campo. Aire silbando levemente, ladridos a lo lejos. Por lo bajo, se escucha el motor de un auto que aumenta en intensidad.
El FONDO negro empieza a aclarase en tonos sepia.
La CÁMARA está bajo un árbol. Sólo se aprecian unas cuantas hojas. La CÁMARA enfoca una casa de campo. Madera, techo a dos aguas, aspecto miserable. El TONO sepia da la impresión de polvo en el aire, pero el sol brilla.

Escena 2
La CÁMARA se coloca dentro de la CASA. La puerta está abierta y sólo el sprint permanece cerrado. Al fondo de la escena, el auto antiguo, negro, se detiene haciendo un leve giro hacia su derecha, dejando que la CÁMARA enfoque la portezuela del conductor.
Desde detrás de la CÁMARA aparecen unas botas viejas de trabajo, con los cordones largos. Las BOTAS se alejan de la CÁMARA y se observa la silueta de un hombre que abre el sprint y se aleja hacia el auto.

Escena 3
Desde debajo de la llanta del conductor del AUTO, la CÁMARA se mueve suavemente hacia la izquierda, enfocando al HOMBRE que camina hacia ella. La CÁMARA se eleva ligeramente, hasta quedar al nivel de los ojos del conductor que se refleja en el espejo lateral.
El HOMBRE ha estado caminando lentamente, con la cabeza gacha, cubierta por un sombrero que se mira ajado.
Cuando el hombre llega junto al auto, la CÁMARA retrocede un metro y se mueve hacia la izquierda. El hombre apoya el brazo izquierdo sobre la capota, dando la espalda a la casa. El CONDUCTOR apoya el brazo en la ventanilla.

Escena 4
Desde lejos, la CÁMARA se mueve lento en redondo, de derecha a izquierda, enfocando al hombre de pie, apoyado en el auto y la mano del conductor gesticulando suavemente. La casa se ve al fondo.

Escena 5
La CÁMARA se coloca por detrás de la cabeza del hombre de pie. Enfoca, hacia abajo, al conductor que usa anteojos, la corbata suelta, el sombrero echado hacia atrás. Hablan, pero no hay sonido.
El HOMBRE voltea hacia la caza y su cara cubre el lado derecho de la pantalla, dejando al conductor en segundo plano.
El único SONIDO, que empieza en este momento es YESTERDAYS de Billie Holliday.

Escena 6
La cámara, desde la llanta de atrás del lado del conductor, a ras del suelo, enfoca la casa y pos la puerta abierta aparece una MUJER con un trapo en las manos, secándoselas lentamente. La MUJER se recarga en el marco de la puerta y los mira en silencio.
Detrás de la MUJER aparece un niño descalzo. El pelo al rape y la ropa sucia. Se apoya en una pierna de la MUJER y pone un pie descalzo sobre el otro.

Escena 7
La CÁMARA regresa al punto del close-up de la cara del hombre. Éste vuelve la mirada hacia el CONDUCTOR.

Escena 8
La CÁMARA se ha colocado detrás de la mujer y el niño, dentro de la CASA. Lentamente se adelanta cuando la MUJER da unos pasos al frente, quedando detrás de la cabeza de ella en el PORCHE. Enfoca a los hombres que platica.
El hombre que ha estado parado da dos pasos atrás y se pone en cuclillas.
La mano del conductor sale por la ventanilla y cuelga. Su RELOJ brilla al sol.
El hombre en cuclillas toma una varita del suelo y la coloca en su boca. Juega con otra varita en las manos.
La mano del CONDUCTOR señala los campos detrás del HOMBRE en cuclillas. Éste asiente sin levantar la vista.

Escena 9
La CÁMARA se mueve desde la izquierda de la mujer hacia ella, enfocándola. Pasa por detrás de ella y, por la derecha, se coloca dos escalones más abajo y le hace close-up.

Escena 10
El HOMBRE se levanta del suelo. Está molesto, pero no es agresivo. La CÁMARA lo mira desde la perspectiva de la mujer,

Escena 11
La CÁMARA viaja desde la perspectiva del conductor en un tractor que siega la cosecha.

Escena 12
Desde la posición de la MUJER, la CÁMARA observa al hombre acercarse lentamente a la casa mientras el conductor ha arrancado e AUTO y gira, alejándose de la casa.

Escena 13
Se repite la escena 11

Escena 14
Hay un rifle viejo colgado de la pared. La CÁMARA lo enfoca desde el cañón, que se mira mejor enfocado. Las manos del HOMBRE lo toman con firmeza y lo separan de la pared.

Escena 15
Se repite la escena 11

Escena 16
La CÁMARA camina detrás del hombre a la altura de su cadera.

Escena 17
La CÁMARA desde la perspectiva del conductor del tractor, enfoca la casa al fondo y luego hace FADE. El sonido de la Canción de Billie Holliday sigue pero baja en intensidad hasta que sólo se escuchan los ruidos del tractor.

FINAL

Seguramente no sería el mejor corto de un festival de cine, pero es lo más aproximado a lo que yo veo cuando leo el capítulo 5 de Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Vale la pena leerlo.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Ph. D.?


By Marcos-Serna R, M.D.
Since the apparition of man on earth´s lit, disease has accompanied us and so has people that try to relieve our suffering, whatsoever its cause. Diseases are, in many cases, older than man but may be newer, emerging along man modifies and changes environment because of technical development and its wastes or just because of emerging of new species of bacteria or viruses. No matter the cause of disease it originates pain, sorrow, anguish, anger, bad drams, insomnia, family and financial problems and many other issues related to the loss of the ability of achieving daily life needs.
Disease, a term coined in the 14th Century, probably after words des- and -ease, refers to a condition of the living animal or plant body or of one of its parts that impairs normal functioning (…).[1] Some have called it an insult, an offense, evilness, wickedness, each of this adjectives referring to the damage of the body. Body is a sanctuary in which mind –or soul resides along with all its functions and capacities. For cultures whom cosmogony includes an immortal spirit for each human, body requires care and caregivers are people that devotes them time and efforts to give relieve of this suffering.
Perhaps since apparition of hominia family about 2.4 and 3 mya, some individuals of the species were in charge of the wounded, the ill, of the old. For sure these individuals had not skills in “healing” the others but in alleviating pain. These species passed through an evolutionary process letting behind all families between Australopithecus africanus and Homo neardenthalensis, becoming Homo sapiens (Linnaeus, 1758) around 150 tya, surviving where its nearest relatives, Homo neardenthalensis and Homo Floresiensis disappeared 12 tya.[2]
Human development gave rise to specialization of work. Previously hunter-gathering creatures, mankind found that the soil was indeed able to feed them so became agricultural societies and established shantytowns in which conjugated recollection and growing of food. Perhaps the agricultural revolution improved the feeding needs of a by the minute larger populations, but carried itself the rising of new diseases related to overcrowding. And aside to disease, again, people who try to relieve it. Medicine has many faces and ways to be made according to the traditions of the culture in which it develops and the idiosyncracy of the people that shapes that culture. There is an excellent literary work referring to the medicine in different cultures, and should be known by all physicians to understand the thinking of our patients.[3]
Disease is, by definition, an altered condition of the physical body so it´s clear why the individual dedicated to treat with disease is called physician. Coined in the 13th century, word Physician refers to a person skilled in the art of healing or one exerting remedial or salutary influence.[4] Nowadays the physician is someone that has the studies, training, experience and license to make healing procedures, independently of the nature of those that may be surgical, pharmacological or medical in origin; that person may be called physician or doctor and, in Spanish spoken countries, médico, synonymous of doctor.
Doctor means, in Latin, who teaches as it derivates from docere, to teach. One can question: Do we teach so we deserve the academic qualification of doctor? In the ancient cultures, physicians were educated in a quite different way we are educated in medicine nowadays. Today, a medicine student goes to school for five years and once has accomplished scholastic education faces, at least in México, two years of treating patients, one in the internship, a year in which we´re not even doctors nor students but learn how medicine is made and, after that, the social service, another year in which we made medicine based on existences instead of evidences, treating a undefined number of patients in a country town that hardly has electric power. Then, if the student is lucky –and a good student, may aspire to made a residence, specialization course to become a Ph. D.
In past years, medicine was taught in a very different way, usually involving the reasoning of disease and the patient and the relation between them and the environment. This is reflected in the words of Thomas Addis, an Irish physician dedicated to the study of blood clotting, who wrote:

The physician will use scientific methods, will sometime dismember to his patient, but in the ending, should resume all that parts in his diagnosis which is his whole conception of the existing relations between the patient as a person, disease as a part of the patient and this as part of the world in which lives.[5]

As seen, the understanding of disease was not only the accurate description of signs and symptoms, nor the merely listing of them, not even the relation of disease and time, climate o region in which it happens, but the integration of all these topics to understand the patient.
This is where the PH. D. degree came to light.
Ph. D., PhD or Philosophiae doctor degree was first used to designate a physician because it is supposed that we understand the whole patient, undestanding that philosophy means the like for thinking.
Anyhow, these days medical education has nothing to do with philosophy. One can argue that is unnecessary to philosophy the disease or the patient or the place it occurs because we have technical means to precisely point the origin of the patient illness. If we pass the pages of any medical book today will found things as: in the computed tomography scan we´ll find… or molecular techniques reveal… or even the search of kryptonite in cerebral-spinal fluid shows… instead the description of what the hell the disease is or how the patient got it.
In my practice of anesthesiology residence I have the fortune to teach 5th year medical students. This boys and girls (each month I found the more and more young) have the misfortune to know nothing about the medicine I learned at school and hospitals in which we smelled, touched, listened to the patients. These young are been teach to diagnose and treat magnetic resonances, EKG´s, laboratory reports, X ray slides, not patients. Worse of this is that they do not read anything but medicine.
Indeed, they are victims of their time as said by Jean-Jaques Rousseau. Global communications, internet access, TV and things like these are drifting apart these doctors from medicine practice. It´s just the way it´s been made now, but this does not mean it is the better way.
I think genuinely that doctors are among the most ignorant professionals today contrary to the past years in which physicians were respected and admired not ´cause to their academic degree but their knowledge. May be it is time to reconsider the way we are teaching medicine in order to doctors achieve the status of Ph. D. they deserve not only for their personal satisfaction but to treat patients that, obviously worth it.
When I finished my internship the Academic Chairman of my hospital made for me the doubtful favor to choose me for the closure speech. I´d made it one night before the timeline and the only thing I can recall was worth it was that I´d say, talking to my former teachers: It´s your responsibility to teach well to whom will follow us. Remember that, the day of your death, a doctor will be beside you.


[1] Merriam-Webster Dictionary and Thesaurus Online, http://www.merriam-webster.com/dictionary
[2] Cracaft, J, Donoghue MJ, Assembling the Tree of Life, Oxford University Press, New York, 2004
[3] Selin H, Medicine across cultures, history and practice of medicine in non.western cultures, in collection Science across cultures: the history of non-western science, Kluwer Academic Publishers, New York, 2003
[4] Merriam-Webster, Op. Cit.
[5] I´m ashamed to say I do not have the reference of this statement cause I´d get it as an epigraph in a coagulation book.

domingo, 25 de octubre de 2009

Balam V


Era el llamado.
Siempre lo había sentido de la misma manera: como una urgencia de la sangre. No. Más precisamente, como una urgencia que la sangre diseminaba por todo el cuerpo. En la sangre no podía residir ningún tipo de emoción, por eso había que derramarla.
Se levantó de la cama con la sensación de que sería un buen día, de que saciaría su necesidad pronto.
Tomó los instrumentos que tenía en un maletín de cuero y los esparció con amor por sobre la mesa. Los destellos brillantes que en los ángulos del acero despertaba la luz de la lámpara, bailaban en su rostro perfectamente afeitado.
Sonrió.




lunes, 19 de octubre de 2009

Sabina es un cronopio


Una comparación simple, para retomar la escritura. Sin más palabras por mi parte.


Si lo que quieres es vivir cien años
no pruebes los licores del pacer;
si eres alérgico a los desengaños
olvídate de esa mujer;
compra una máscara antigás,
mantente dentro de la ley.
Si lo que quieres en vivir cien años
haz músculo de cinco a seis.
[1]

Los famas habían puesto una fábrica de mangueras, y emplearon a numerosos cronopios para el enrollado y depósito. Apenas los cronopios estuvieron en el lugar del hecho, una grandísima alegría. Había mangueras verdes, rojas, azules, amarillas y violetas. Eran transparentes y al ensayarlas se veía correr el agua con todas sus burbujas y a veces un sorprendido insecto. Los cronopios empezaron a lanzar grandes gritos, y querían bailar tregua y bailar cátala en vez de trabajar. Los famas se enfurecieron y aplicaron en seguida los artículos 21, 22 y 23 del reglamento interno a fin de evitar la repetición de tales hechos.[2]

Y ponte gomina (que no te despeine
el vientecillo de la libertad);
funda un hogar en que nunca reine
más rey que la seguridad.
Evita el humo de los clubs,
reduce la velocidad…
Si lo que quieres es vivir cien años
vacúnate contra el azar.

A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de los anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto. Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.[3]

Deja pasar la tentación,
dile a esa chica que no llame más,
y si protesta el corazón, en la farmacia puedes preguntar:
“¿venden pastillas para no soñar?”

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones." Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.[4]

Si quieres ser Matusalén
vigila tu colesterol,
si tu película es vivir cien años
no lo hagas nunca sin condón.
Es peligroso que tu piel desnuda
roce otra piel sin esterilizar.
Que no se infiltre el virus de la duda
en tu cama matrimonial.
Y si en tus noches falta sal
para eso está el televisor.
Si lo que quieres es vivir cien años
¡no vivas como vivo yo!

No había un desorden que abriera puertas al rescate, había solamente suciedad y miseria, vasos con restos de cerveza, medias en un rincón, una cama que olía a sexo y a pelo, una mujer que me pasaba su mano fina y transparente por los muslos, retardando la caricia que me arrancaría por un rato a esa vigilancia en pleno vacío. Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este
placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a abrirse más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del mundo, piloto vertiginoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la negaba.[5]

Deja pasar la tentación,
dile a esa chica que no llame más,
y si protesta el corazón, en la farmacia puedes preguntar:
“¿venden pastillas para no soñar?”

Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días. Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del coro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.[6]

Deja pasar la tentación,
dile a esa chica que no llame más,
y si protesta el corazón, en la farmacia puedes preguntar:
“¿venden pastillas para no soñar?”

Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas.
Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados, y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos.
El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse.[7]

¿Será, simplemente, que son dos autores que me gustan, por lo que los relaciono en sus palabras o que en realidad tienen, en el fondo, las mismas ideas?









[1] Sabina J, Varona F, García de Diego A, Pastillas para no soñar, en Física y Química, BMG/Ariola, Madrid, 1992, track 11
[2] Cortázar J, Comercio, en Minicuentos de cronopios, en www./eMule/Incoming/Ciencia%20Ficción/cronopios.htm
[3] Cortázar J, Historia verídica, Op. Cit.
[4] Cortázar J, La conservación de los recuerdos, Íbid.
[5] Cortázar J, Rayuela, Sudamericana S.A. editorial, 1963
[6] Cortázar J, El canto de los cronopios, Op. it.
[7] Cortázar J, La cucharada estrecha, Íbid.


foto:http://librosdementira.com/wp-content/uploads/2008/04/cortazar-portada.jpg

viernes, 2 de octubre de 2009

Balam IV


-Es extraño, ¿no?
Estaban sentados en un restorán, famoso por su historia negra, ubicado en la misma calle que la Secretaría de Gobernación.
-Digo… El que no haya ningún dato que haga pensar en… pero... bueno, es posible que haya sido por lo mismo de siempre.
Le dolía la cabeza y no quería pensar en eso.
Una mesera enfadada. Se había peleado con su esposo esa mañana porque él había llegado borracho otra vez. Sirve café con leche pero lo derrama en el plato. No ofrece disculpas. Se va, dejándolos. A él con su dolor de cabeza y al otro con sus disertaciones.
-Es que no se parece a nada convencional.
El dolor de cabeza crecía en racimos, extendiéndose desde detrás del ojo izquierdo hasta la nuca. Cuando pasaba por la oreja, se sentía como una quemadura.
-Uno: si no fuera pasional, no habría tortura. Un balazo y ya. los amantes despechados quieren hacer sufrir al infiel.
Los ruidos del restorán, el bullicio de la gente, el entrechocar de los platos, las pláticas ajenas, siempre menos sangrientas y tórridas que las propias y las luces que reflejaban los ángulos de los autos que pasaban por Bucareli, aumentaban su dolor.
-Dos: si fuera de pandillas, habría mensajes para los otros.
El dolor había desaparecido por un tiempo, pero ahora regresaba más intensamente que la última vez. Ya no había medicinas detrás del espejo del baño. Al salir de su apartamento, pensó en comprar una caja de esas, de las que tenían cafeína, en la farmacia que estaba en la esquina de la calle de su oficina, pero lo saludaron con la novedad de que había un asesinato muy extraño.
-Tres: si fuera un robo, no habría por qué haberlo tenido amarrado con… ¿Cómo dice el reporte…? Esposas policiales. Eso es.
El café era insuficiente para controlar el dolor. Hizo un gesto.
-¿Te sigue doliendo?
Asintió.
-¡Ya, mano! Pareces vieja achacosa.
En el departamento siempre se había burlado de él por esos dolores. ¿Migraña?, le preguntaban, ¡Eso mismo tiene mi esposa!
La mesera de cara agria volvió y les puso enfrente la cartera con la cuenta. Con la mano en la cintura, esperó.
-¿No tendrá unas de esas pastillitas de menta? Es que a mi amigo le duele la cabeza…

lunes, 28 de septiembre de 2009

Balam III


Saúl Tuk Monarrez tenía buena suerte. Al menos él lo consideraba así a la luz de cómo caminaba su vida. Había llegado a Coatzacoalcos, cuando tenía 20 años de edad, procedente de Chilam Ticmul, una ranchería cercana a Mérida, buscando trabajo. Consiguió un empleo en uno de los bares del puerto y pronto pudo conocer a mucha gente. Por supuesto, los clientes del bar eran marineros que buscaban solaz y su contacto con Saúl era bastante superficial, pero cordial. Saúl era el tipo del bar que conseguía las cosas: una caja de puros, una botella de Henessi (si los solicitantes podían pagarla), una mujer con un lunar en la boca o con habilidades especiales. Lo que fuera. Esa capacidad de comercio informal fue la que hizo popular a Saúl. Su ojo crítico y certero para buscar clientes potenciales y la manera subrepticia que tenía para acercárseles y ofrecer sus servicios le ganaron el sobrenombre de Balam, el jaguar.
Primero instalado en una barraca cercana al Faro, cantina concurrida, Saúl fue haciéndose de contactos entre las prostitutas del puerto hasta que consiguió la exclusividad sobre una de ellas, con la que compartía una casa de lupanar, en una arrabal más allá de las vías del tren. No era que llevaran una vida conyugal, pero Saúl y Perla vivieron cada uno dedicándose a su trabajo y compartiendo las ganancias y las caricias.
Cuando pudieron hacerse de suficiente dinero para soñar, decidieron buscar nuevos terrenos acercándose al mundo del juego. Hombres que pasaban largas temporadas en alta mar, mujeres con maridos desobligados e hijos hambrientos, un puerto cada vez más prospero en el comercio, la droga que pasaba por los muelles, el tráfico de orientales y la explosión petrolera eran la combinación ideal para quien tuviera la visión de cómo extraer el dinero de esos bolsillos abultados, ávidos por librarse de su carga de papel y metal. Saúl y Perla abrieron una casa de citas y contrataron talladores de cartas, meseros mulatos, prostitutas blancas y amigos en el gobierno.
Muy poco duró aquella felicidad artificial porque, dos años después de inaugurado el local, un parroquiano venido en un barco venezolano le sacó las entrañas a un marinero sueco que estaba riendo con una de las mujeres. El asunto comenzó con una discusión por cualquier cosa y pronto se llegó a las navajas. El sueco se desangró en el suelo y el venezolano buscaba pleito. Saúl no esperó a las palabras y lo mató de un tiro cuando quiso acercarse, con la navaja en la mano, a la prostituta que lloraba sobre el agonizante sueco.
Saúl y Perla debieron malvender el local a un competidor quien les pagó lo suficiente como para que compraran dos boletos de tren y rentaran un cuarto por una semana. Así Saúl y Perla salieron de Veracruz.
En el tren camino a Ciudad de México, Saúl se enteró de que Perla estaba embarazada.


sábado, 19 de septiembre de 2009

Réquiem


Ayer, la muerte salió de las páginas de los libros y de los blogs y, de nuevo, como ha hecho miles de veces en este año y el anterior y el previo, cobró su cuota a la vida.

Un imbécil se entró a la estación Balderas del Metro de Ciudad de México y, con un plumón de tinta negra (puedo confirmarlo porque esta mañana, al salir del hospital Tacuba para ir a Ciudad Universitaria, pasé por el punto exacto de la estación donde pasó esta desgracia), escribió algo como "México, ..." y todas las mierdas que un estúpido preparatoriano enamorado de la revolución mundial o un torpe borrego de San Salvador Atenco podría escribir en una manifestación. Un policía le llamó la atención y este hijo de la gran puta que lo parió sacó un Smith & Wesson .38 especial y le mató.

Luego, un hombre que intentó desarmar al pistolero con el que forcejeó y cayó al piso varias ocasiones, recibió una bala en la frente, a quemarropa.

Después, el malparido que está en la foto superior empezó a disparar a los pasajeros e hirió a 5, según los noticieros.

Finalmente, la policía judicial del DF entró a la estación, hirió al tirador y lo aprehendió.

Recuerdan que hace una semana otro estúpido tocado por dios secuestró un avión? Pudo ser una distracción política, pero esto de hoy es una consecuencia indirecta, creo yo.

Lo grave no es que estos hechos ilegales (lo del avión) desencadenen conductas psicópatas en gente enferma a priori, ni que un imbécil se suba armado al transporte público (de qué podemos sorprendernos, si es con armas con lo que se apoyan para robar en microbuses, camiones, trolebuses...?), ni siquiera, y aclaro que me conduelo por los dos muertos, el hecho de que haya matado a dos personas.

Lo que me parece más grave y verdaderamente vergonzoso es el hecho de que, mientras el hombre civil forcejeaba con el malnacido, nadie, y digo nadie, hizo un verdadero esfuerzo por ayudarlo a tumbar al infeliz. Es cierto que el video de seguridad muestra a dos tipos que se acercan por el frente del asesino y que luego huyen, pero nadie de los que estaban atrás, al lado, en las puertas del tren cerca de las cuales los hombres forcejearon, ayudó a detenerlo.

Si bien es indiscutible que este hijo de puta jaló el gatillo, todos los cobardes del tren son responsables de la muerte de un hombre que pudo haberse evitado.

Si yo hubiera estado en el tren podría haberme encogido y evacuado en mis pantalones, podría ser el muerto (uno de ellos) o podría ser uno de los que dicen: sí, hijos de la chingada, nosotros somos más que ustedes, pero yo sí hago algo para acabar con esta plaga de malnacidos que nos están encerrando en un corral cercado de miedo.

Deveras estamos hartos de la violencia, del narco, de "estar secuestrados por la delincuencia"? Pues entonces no dejemos que esto pase de nuevo. Contra la acción, la reacción. No digo que todos andemos armados (aunque la idea me ha pasado por la cabeza), sino que no dejemos que otro loco en el Metro mate a un tipo desarmado sin que nadie haga nada. Pinche país de cobardes, de borregos, de agachados, de mierdas. No que tenemos muchos huevos? No que el mexicano se ha levantado de todas sus desgracias? Que la adversidad nos pela los dientes? Pues ayer pareció que no...

Probablemente, si yo hubiera estado presente, aún sin intervenir, me hubieran pegado un tiro (seguro te matan, diría la madre de mis hijos). Pero ante la posibilidad de 50% de que me maten y 50% de que no, quiero aumentar este porcentaje último, defendiéndome. Que tal si alguien lo hubiera desarmado? Ni muertos (más que, lamentablemente, el policía), ni heridos. Sólo otro muerto: el hijo de puta quien empezó todo. Ahora, cuando lo juzguen y hagan el pinche circo de toda la jodida vida, y lo metan al CERESO, a mantenerlo, 400 pesos diarios por preso que, después de cinco años, salga por buena conducta o por beneficio de libertad anticipada y regrese a las calles a hacer las mismas pendejadas.

Debieron haberlo matado.

Pinche país de mierda.

Me gusta México, me gusta mi gente, pero no soporto nuestra jodida mediocridad, nuestra soberana pendeja actitud de vivir con la mano extendida para que el Gobierno nos arregle lo que no hemos podido nosotros mismos por falta de huevos.

Ya es momento de cambiar, no creen?

El video está en YouTube. Lamento, sinceramente, la muerte de esos dos hombres.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Balam II


Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal
Subprocuraduría Delegación Venustiano Carranza
Servicio Médico Forense

Reporte de Necropsia

Averiguación previa: 32455 / 2007
Nombre: Herrera Sandoval Ángel
Sexo: Masculino
Edad aparente: 30 años
Reconocido: SI ( X ) NO ( )

Reporte de hallazgos:

Se encontró cadáver masculino en sitio abierto, terreno boscoso, sin ropas, sin efectos personales, el día 11 de agosto de 2007, a las 18:33 horas, según consta en reporte de levantamiento de cadáver número 3984 / 2007 y fue trasladado al SEMEFO para realizar estudio necrológico.
Cadáver masculino de aproximadamente 30 años de edad (Tanner) con livideces en región ventral al nivel de cara, tórax, abdomen, brazos, muslos y piernas. Piel marmórea y fauna cadavérica correspondiente a estadio de descomposición grado I. Rigidez cadavérica.
Cráneo con fractura escalonada en región temporal izquierda, de aproximadamente 4 centímetros de diámetro, con hundimiento de láminas externa e interna, fractura conminuta con fragmentos de hueso incrustados en masa encefálica que muestra licuefacción parcial y conservación de masas de tejido hemorrágico. Peso de masa encefálica 780 gramos. Base de cráneo sin alteración aparente en estudio radiológico.
Cara con múltiples maceraciones postmortem y contusiones premortem en región malar izquierda, con fractura de arco cigomático izquierdo y mandíbula izquierda en su rama ascendente. Ausencia de incisivos superiores e inferiores. Maxilar y mandíbula con avulsión anterior de piezas dentarias.
Cuello con huellas de estrangulamiento instrumentado con objeto de calibre aproximado a los 2 centímetros, no completamente circular, con tejido respetado en la región posterior del cuello, abrasiones y hematoma en región anterior. Hay fractura de apófisis laterales de vértebras C5 y C6, sin fractura de apófisis espinosas, con fractura de hueso hioides y avulsión de tráquea de los ligamentos suspensorios; importante edema traqueal y esofágico.
Tórax con pulmones flotantes, con cavitaciones en lóbulos inferiores de 2cm de diámetro la mayor y de 0.5 las menores, en número de 7, positivas a bacilo de Koch. Peso de masa pulmonar 1.3 kg. Corazón con sangre líquida en las cuatro cavidades, con área isquémica en terreno de arteria circunfleja derecha de aproximadamente 3x3cm, con extensión a la cara lateral derecha. Peso de masa cardiaca 280 g.
En abdomen se encontró cámara gástrica con escaso contenido alimentario casi completamente digerido, abundante ácido gástrico con pH 1.1, peso íntegro 1.115 kg, peso drenado 150 g. Intestino delgado sin patología evidente. Colon en porción descendente con materia fecal de peso aproximado a 300 g. Ausencia de vesícula biliar. Hígado discretamente graso, sin disrupción de su estructura, con peso de 2 kg y temperatura 18°C. Bazo y páncreas sin alteraciones.
Miembros torácicos con múltiples hematomas, sin fractura en exploración radiológica, con huellas defensivas producidas por instrumento cortante en ambas palmas, con corte profundo en antebrazo izquierdo cara lateral externa que afectó músculos extensores sin lesión vascular importante. Huellas de atadura en ambas muñecas con abrasión en dos trazos diferentes.
Miembros pélvicos íntegros, con abrasiones en ambas rodillas.
Genitales externos con abrasiones y positivos a semen en la piel. Ano sin huellas de violencia sexual.

Dictamen:

Traumatismo facial múltiple (fractura de cigomático y mandíbula izquierdos, LeFort I)
Traumatismo cráneo-encefálico severo (fractura en escalera de temporal izquierdo, producida con objeto romo de metal, probablemente un martillo)
Tuberculosis pulmonar (activa al momento de la muerte)
Insuficiencia coronaria aguda (Infarto lateral derecho de muy corta evolución)
Colecistectomía (antigua)
Estrangulamiento instrumentado (cuerda de una sola hebra, producida por terceros)

Causa de la muerte: Estrangulamiento.

Hora probable de la muerte: entre 48 y 72 horas

Dra. Olga Castañeda Guel
Médico Forense
Rúbrica.

C.c.p. Archivo
C.c.p. Policía ministerial
C.c.p. Averiguaciones previas

jueves, 10 de septiembre de 2009

Balam I

Una tarde miraba una cámara de seguridad que me dió la idea de un cuento, y comencé a escribir esta historia que, a falta de un mejor nombre, llamo Balam. seguramente no es la historia más lograda del mundo, menos si se circunscribe a un género literario como la novela negra que tiene gigantes representantes como Dashiel Hammet o Thomas Harris. Sin embargo, he tratado de poner en ella los elementos que, según yo y mi carencia absoluta de conocimientos de literatura, debe incluir una historia de ese tipo. He escrito apenas tres de los capítulos que han de conformarla y no sé aún cuántos falten. Sé, eso sí, que la historia morirá cuando quiera dejar de existir, cuando agote las situaciones capaces de emocionar al escritor y de emocionarlo como lector.
Publicaré hoy la primer parte de esa historia y la dejaré a la consideración de quienes, de algún modo, llegan a esta página redundantemente. La extensión de las partes o capítulos de esta historia me la dicta la historia misma, así que pueden encontrar uno de tres párrafos y otro de tres cuartillas. No se sorprendan ustedes por la irregularidad de la publicación: la hago en los tiempos libres que la especialidad me deja, que van siendo pocos de repente y muchos ocasionalmente. espero que la disfruten y, más importante, que la comenten en la barra lateral, si creen que vale la pena.


Balam
Un cuento por Ricardo Marcos-Serna

Parte uno

El señor Ángel Herrera llegó a la sucursal del banco de México a la que había sido enviado aproximadamente a las 11:49 horas. Aunque su turno terminaba hasta dentro de tres horas, él tenía la urgencia de resolver pronto el problema de las líneas de circuito cerrado para poder ir a la central antes de las 14 horas, porque había solicitado un permiso para ausentarse temprano. Pensaba en ir con su esposa al cine. La querida Mayra había estado pidiéndole toda la semana que la llevara a ver una nueva película con Harrison Ford como protagonista, y él había prometido llevarla hoy.
Cuando entró a la sucursal del banco, se dirigió directamente hasta el cubículo que ocupaba el gerente. El hombre estaba al teléfono y, al verlo, le hizo una seña para que esperara. Los gestos del hombre eran los de alguien irritado con un subordinado que no acabara por comprender una orden simplísima. El señor Herrera agradeció que en su trabajo, su supervisor fuera una persona amigable. A él no le gustaban los conflictos de poder. Aprovechó que el gerente estaba al teléfono para ver la colocación de las cámaras en el banco y notó que una de ellas no tenía la burbuja de plástico ahumado que debía protegerla. Cuando el señor Gómez, gerente de la sucursal, terminó su llamada, se dirigió directamente hasta donde él estaba y, sin esperar a ver si lo seguía, echó a andar hacia la puerta de seguridad. Cuando pasó debajo se la faltante burbuja de plástico color humo, dijo: “Tenemos un problema con esta cámara”.
El señor Herrera fue conducido por los pasillos internos del banco hasta la consola de pantallas de seguridad y, bajo la mirada vigilante de un policía, fue dejado por el señor Gómez quien, antes de salir de la habitación, dijo: “Espero que quede resuelto hoy mismo”.
El señor Herrera notó que la cámara no emitía señal alguna. Tras hacer unas breves pruebas con la computadora decidió que el problema obvio debía ser la conexión, así que fue a su camioneta por la herramienta y siguió la línea de cables hasta que encontró que una porción de ella estaba roída. Hábilmente cortó los cables, agregó una sección nueva y selló la línea; reemplazó la burbuja de plástico y dio por terminado el trabajo. Como precaución (lógicamente, siempre había que tener esa precaución de revisar la función de los equipos) regresó a la central de vigilancia y comprobó que todas las cámaras emitían su señal correctamente. Salió de la central de vigilancia con su herramienta rumbo a su camioneta.
Estaba parado nuevamente frente al cubículo del gerente llenado su reporte de trabajo mientras el señor Gómez hacía una nueva llamada; cuando éste hubo terminado, se acercó al señor Herrera quien le explicó cuál había sido la falla y en qué consistió la reparación. Parados uno junto al otro, el señor Gómez parecía su padre.
Después de entregar las copias del reporte de trabajo al señor Gómez, el señor Ángel Herrera salió de la sucursal con rumbo a su central para de ahí ir al cine, aproximadamente a las 13 horas. La siguiente vez que su esposa lo vio, el señor Ángel Herrera era una fotografía en la oficina del médico forense.

domingo, 30 de agosto de 2009

Pase a mi humilde morada II


Unos cirujanos ortopedistas me invitaron a “las luchas”. Aún no definimos fecha, pero creo que eso no va a modificar lo que vamos a encontrar: una multitud vociferante que se ahorra el psicoanalista gritando contra su antagonista, la eterna lucha entre el bien y el mal (¡qué simple suena este concepto una vez escrito!), rudos contra técnicos, cervezas, insultos, niños con máscaras…
En la lucha anterior, Santo ha ganado al Malvado Profesor Landrú, la gente lo ha cargado en andas hasta su camerino y ha permanecido del otro lado de la puerta, satisfecha de haber estado en contacto estrecho con el ídolo. Dentro del camerino sólo hay cinco personas, Santo, el second que lo ha asistido durante la batalla de esta noche y los dos hombres que lo miraban desde la primera fila. Con ellos está la joven mujer que estuvo sentada entre ellos.
El profesor, padre de la joven (puede ser antropólogo, médico, matemático, químico o cualquier cosa que uno se imagina posible para alguien que ostente el título de Profesor), felicita a Santo. El jovenzuelo bien peinado está deslumbrado por el luchador y le toma la mano con confianza, lleno de seguridad, diciendo: Felicitaciones, Santo; excelente lucha. Santo acepta las felicitaciones y mira a la joven quien le prodiga una mirada de ven acá. Ella es la virtud encarnada, bella, inteligente, vestida con recato, elegante en el gesto, precisa en la sonrisa. Mira a santo con pasión y éste, debajo de la máscara ha hecho un gesto indefinible al mirarla.
Santo, dice el profesor, lo espero esta noche por mi despacho. He encontrado un documento muy interesante que me gustaría que usted tenga a bien mirar. Santo acepta la invitación y se despiden cortésmente. Cuando el grupo está a punto de salir del camerino, Santo alcanza el codo de la muchacha con la mano y le dice: Espere, Elena… ¿Sí, Santo? Elena, usted sabe que… ¿Saber qué, Santo? Son interrumpidos por el ayudante del Profesor que ha regresado a buscar a Elena. Santo se mira inhibido (sólo por un segundo) mientras el joven dice, cándidamente: Perdón, pero olvidé mi sombrero. Elena, te espero en el auto. Hasta la noche, Santo… Hasta más tarde, Javier, dice el ídolo y queda de nuevo solo con la mujer. ¿Me decía usted…? Nada, Elena. Espero verla más tarde. Ella sale dejando solo al luchador que ocupa sus pensamientos en cualquier cosa.
Más tarde (en estas historias el tiempo es indefinido: si la lucha comenzó a las siete de la noche y la pelea de Santo fue la función estelar, debió haber luchado, durante quince minutos a las ocho y treinta, luego, a las nueve, el diálogo en el camerino, durante quince minutos. Suponiendo que el Santo haya tomado una ducha, Salió de la arena aproximadamente a las nueve de la noche y debe haber llegado a su casa aproximadamente a la nueve treinta, Una cena frugal y a las diez de la noche estaría sentado ante su escritorio), Santo está sentado leyendo un libro ajado, de pastas duras, que bien podría ser México a través de los Siglos que publicara Mariano Riva Palacio o Moral a Eudemo de Aristóteles. Santo es un erudito, por eso le piden consejos los eruditos. Santo usa un traje de dos piezas, sport, que se adivina de color caqui, con camisa de cuello de tortuga y su eterna máscara. El teléfono suena y Santo estira la mano para tomarlo en un elegante gesto. Del otro lado de la línea, Elena le recuerda a Santo su compromiso para esta noche. Ahí estaré, Elena. Hasta pronto, dice Santo y sale de la habitación. Sube a su auto descapotable, un Dinalpin A110 y recorre las avenidas de la ciudad mientras sueva un temerario jazz como música de fondo.
Al llegar a la mansión del Profesor, Santo es conducido hasta el despacho por el mayordomo quien, lejos de infartarse por haber abierto la puerta y mirar ante sí a un tipo con una máscara, cumple con su labor eficientemente y ofrece a santo un highball.
Ante el Profesor se encuentran sentados Javier y Elena, el primero en un sillón de orejas, con las piernas cruzadas y con un cigarrillo entre los dedos y la segunda sobre el borde del escritorio. Cuando Santo entra y los demás lo saludan, el Profesor le alcanza un documento. Es una descripción muy detallada de la localización de la tumba del emperador tlachimeca Axólotol Alhuzotéotol que encontré entre un lote de documentos perdidos en El Museo, dice el profesor y Santo lo examina.
Este papiro (que, como todo el mundo sabe, es el material preferido de los pueblos precolombinos para escribir su historia) puede decirnos dónde encontrar la tumba y esclarecer el misterio de la muerte de este emperador, dice Santo.
Creí que ese emperador era sólo un mito, dice Javier dejando en claro su ignorancia. Santo, benévolo, le aclara dos o tres cosas de la vida diciéndole que sí, para algunos es un mito pero que él, en sus estudios concienzudos, ha podido establecer una duda razonable que vincula al emperador del pueblo tlachimeca con la caída del omnipotente imperio azteca.
Debemos ir a buscar esa tumba, Santo, y echar luz sobre estos hechos históricos. He tomado providencias para que una expedición con todos los pertrechos necesarios nos espere mañana a primera hora en la explanada del museo.
Santo accede, honrado (porque la humildad es una de sus virtudes) a acompañar a la comitiva.
Pero, papá, tu salud… esas travesías en la selva no pueden dejar nada bueno a tus años. Deberías quedarte en casa, dice Elena apesadumbrada. No hay nada de qué preocuparse, Elena, dice Javier. Si Santo nos acompaña, no hay nada qué temer.
Santo invita a la joven mujer a unírseles y ella responde: Por nada del mundo me perdería esta aventura. Sus ojos son una invitación.

Hasta la próxima o hasta que haya ido a las luchas con los ortopedistas quienes, seguramente, lo hacen con el afán de entender el mecanismo del trauma y no como yo que sólo voy a ver a la gente.

jueves, 20 de agosto de 2009

Continuidad de los parques


Julio Cortázar

¿Puede la ficción ser parte de la realidad? ¿Pero no sólo parte como universo alterno, como lo que pudiera ser, o como estilo literario, sino como una continuación temporal que mezcle todos los elementos de la novela con los hechos de la realidad en una insistencia de sucesos que de modo alguno debieran componerse?
Indiscutiblemente, frases como “parece de novela” y “casi como la realidad” son meras expresiones de asombro que pretenden, sin ser precisas, señalar que la literatura es un reflejo de la vida cotidiana, pero son incapaces de establecer una diferencia significativa entre lo real y el imaginario de un escritor. Aunque hay quien dice que la literatura debe reflejar la realidad, también hay quien asegura que el lenguaje escrito no debe manifestar la realidad porque perdería su cualidad literaria.
La realidad y la novela, en un mundo ordenado, no deberían mezclarse. Esto sólo debiera pasar en el campo de la literatura.
Pero un cuentecillo que leí hace casi 20 años, y que recordé esta tarde, me hace dudar.
Un hombre ha estado alejado de la novela que lee por negocios hogareños que parecen poco placenteros. Pero cuando ha terminado con estos asuntos mundanos, reales, tiene oportunidad de volver a su ensoñación literaria recordando con facilidad personajes y situaciones. En la realidad, él ha puesto un barrera entre sí y el mundo, la puerta de su estudio. En la ficción, miraba el encuentro final de los protagonistas en una cabaña en el bosque. En la realidad, la ventana lo separa del bosque de robles. En la ficción, los árboles dan cobijo a los amantes que se han reunido. En la realidad, él tiene a la mano los cigarrillos y la cabeza apoyada en el terciopelo del sillón de orejas. En la ficción, ella cura con caricias las heridas que las ramas han hecho en la cara de su amante. En la realidad, el mayordomo de la casona ha salido por algún motivo. En la ficción, el hombre corre por el sendero que lleva a la casa mientras la mujer se aleja con el pelo suelto. En la realidad, los perros no ladran. En la ficción, el hombre entra a la casa y camina hacia el estudio. En la realidad el hombre que corría por el bosque entra a la habitación de grades ventanales y mira un sillón de terciopelo verde. En la ficción, el hombre que leía no ha escuchado al hombre que lo mira desde la puerta del estudio con el puñal en la mano.
Julio Cortázar, con esa innegable e irrepetible genialidad, dejó este cuento para que la realidad supiera que sus sucesos pueden continuarse suavemente con las palabras de la literatura y que la creación literaria puede extenderse en la vida cotidiana.
Continuidad de los parques, excelente cuento de media cuartilla, es claro modelo del estilo de Cortázar que ha perdurado en el tiempo sin haber perdido el elemental poder narrativo del autor.
Si lo ha leído, pudo causarle la misma desazón que a un adolescente cuando lo encontró por vez primera y, si no lo ha leído, dese la oportunidad de leer esta obra que es atemporal en más de un sentido.
¿Alguna vez ha tenido la sensación de vivir una novela?

Crédito de la imagen a: http://lst40809.files.wordpress.com/2009/03/bosque.jpg

miércoles, 5 de agosto de 2009

El tuerto de Artículo 123 (sobre la obra belascoaranesca de Paco Ignacio Taibo II)



Me permito publicar un ensayo que escribí hace algunos meses y el cual esperaba poder enviar a alguna revista literaria. Por diversos motivos, pero esencialmente porque no sé nada del mundo editorial, dejé de buscar quién se atreviera a perpetrar la publicación de este esnayo, así que decidí publicarlo libremente en este blog. Espero que lo disfruten.

El tuerto de Artículo 123
(Sobre la obra belascoaranesca de Paco Ignacio Taibo II)

Vasco-irlandés de origen, Héctor Belascoarán Shayne se erige como uno de los personajes más entrañables para los adeptos a la novela negra escrita en español. Su tendencia al absurdo –que se refleja en la comunidad variopinta que puebla su despacho y los temas de investigación que aborda– y a la melancolía –representada por la perenne ausencia de la muchacha de la cola de caballo– son dos pilares esenciales del México en que el detective se desenvuelve, pero no son los únicos sobre los que se sustenta el personaje; de ellos emanan, radiándose como los kilómetros desde la Puerta del Sol, diferentes características con las que los lectores se identifican como la soledad, el desencanto, el hartazgo de las formas oficiales, la noche cálida y la lluvia fría que encapotan o hacen resplandecer al corazón.
Francisco Ignacio Taibo Mahojo, pa´ los cuates: Paco Ignacio Taibo II, autor de la saga Belascoarán, es asturiano de nascencia y éste es factor determinante en los orígenes de Héctor quien, aunque vasco-irlandés más que asturiano, representa la otredad con la que el autor se denomina a sí mismo, no con la intención de resaltar entre el mexicanaje, sino como bandera para demostrar que el detective pertenece a una clase de mexicanos que es intrínsecamente diferente al resto, extraña a la de esos con los que se enfrenta y ajena a la de esos que lo miran como simples espectadores.
Paco Ignacio, entonces estudiante de la UNAM, fue parte activa del movimiento estudiantil de mil novecientos sesenta y ocho que se extendió por todo el mundo, desde París y Praga hasta Tlatelolco, y que es recordado como el de la generación que alzó la voz en un mundo y una época marcados por el totalitarismo representado por el bloqueo a Cuba, la muerte del Che, la –entonces caliente– guerra fría, la intervención americana en Vietnam. La generación que hizo “el 68” demostró su diferencia de la sociedad heredada del alemanismo de varias maneras, una de las cuales, acaso la central, es su proclividad al pensamiento independiente y su necesidad no de confrontación, sino de expresión: para el bachiller del sexenio de Díaz Ordaz era más importante la difusión de sus ideas –frescas, libres, esencialmente contrapuestas a las oficiales– de lo que lo fue para sus padres, los bachilleres del sexenio de Alemán Valdez, los iniciados en la modernidad, los verdaderos herederos de la Revolución que los había sacado detrás de los arados y los había colocado al volante de un Oldsmobile, que les había quitado el pulque de las manos y puesto en su lugar un vaso de whisky, para “blanquear el gusto de los mexicanos”.[1] Esa fue la generación que hizo la diferencia y de la que emanaron muchos de los privilegios que hoy gozamos y, sin embargo, es una generación a la que vemos más como la de los masacrados que la de los dueños de las calles; la de los pobres muertos que no conocimos en vez de la que nos heredó el derecho a tomar la vía pública.[2]
Es en ese punto en que Taibo II se encuentra con la posibilidad de usar a un sesentayochero para decir lo que no pudo y hacer todo lo que no le fue posible en su momento. Aclarando que Taibo II estaba en Asturias la mañana del 3 de octubre merced a las diligencias de su padre, no por esto se le considerará un traidor al movimiento: se salvó de las balas pero sufrió la censura, la persecución y el duelo colectivos que siguieron a la noche de Tlatelolco y, sin embargo, encontró en la ficción que ofrece la novela negra el vehículo para decir todo lo que ya no fue posible después de la noche de la Plaza de las Tres Culturas.
Héctor Belascoarán Shayne hace acto de presencia pública, mediados los setenta, representando al desencantado sesentayochero que vive (agradecido de estar vivo y asqueado de vivir como antes –o peor, con miedo) llevando una existencia burocrática: ingeniero de profesión, especializado en análisis de suelos, divorciado y sin hijos, deja a un lado su próspero futuro construyendo puentes y se lanza a la caza de un estrangulador que se autollama Cerevro [3] (sic). No hay referencias fidedignas de cómo sucedió, pero Héctor llegó a compartir un despacho en la calle Artículo 123 de la colonia Centro de Ciudad de México con Javier “el gallo” Villareal, norteño ingeniero, fumador compulsivo de puros jarochos, noctámbulo analista de las deficiencias del sistema de drenaje profundo de la ciudad, amante de las películas de Tarzán y del western; Carlos Vargas, tapicero enamorado del danzón y de las mujeres ajenas, anarquista en las tardes de lluvia y ayudante ocasional de las andanzas detectivescas de Belascoarán y, por último, Gilberto Gómez Letras, plomero que suele dejar sus trabajos pendientes en el escritorio del detective, enloquecido fan de la lucha libre, hijo de un zapatero remendón de la colonia San Cosme, padre de un niño a quien le lee las obas de Goethe.
El por qué un ingeniero sea el protagonista de esta historia puede ser una cuestión fácil de resolver; la ingeniería, una de las posiciones más destacadas dentro de la sociedad mexicana[4], es la antítesis de la acción y el prototipo de la clase media-alta de la época; su desvariante renuncia a la posición que la carrera trae aparejada es la representación de la ruptura del autor con el Estado y sus formas. Héctor es descendiente de un profesor de matemáticas español, ex marino mercante, ex traficante, ex maestro de matemáticas, asilado en México (al que nos encontramos en retrospectiva, unos años después de muerto, dándole clases a José Daniel Fierro, otro protagónico auto-representativo de Taibo II)[5] y de una irlandesa cantante que dejaron a sus tres hijos una posición económica cómoda; por tanto, Héctor es perfectamente capaz de renunciar a su trabajo como ingeniero y aventurarse a tomar un curso de detective por correspondencia. Tan absurdo que puede ser real. Cerevro, un acaudalado empresario con mucho tiempo libre en las manos, es una representación del Estado que aplasta a sus integrantes menos importantes: una secretaria, una estudiante de secundaria, una ama de casa que mueren a manos del opresor, en silencio, sin ser violadas (el Estado no necesita violar, tiene a sus prostitutas de lujo), sin un motivo aparente (¿cuándo se ha requerido un motivo para ejercer el poder?) y sin conexión entre las víctimas (acaso la única sea que no formaban parte de esa esfera inalcanzable del jet-set). Belascoarán, que prefiere llamarse a sí mismo detective independiente (palabra elocuente que lo pone en el campo de la libertad que busca impulsado por sus fantasmas universitarios), camina solo, inexorablemente, por las oscuras calles de Ciudad de México reafirmando su derecho de tránsito ganado en la matanza de Tlatelolco (ganado por otros, no por él: Belascoarán miraba las manifestaciones desde lejos, sin atreverse a entrar al Movimiento), esperando que el azar lo ponga en los pasos del asesino. Taibo II recurre a forzar el encuentro entre protagonista y antagonista usando uno de los vehículos oficiales: la televisión. Aunque Taibo II incurrió pocas veces en la mención directa de nombres públicos durante sus primeras novelas, en Días de combate usó el de Pedro Ferriz y su programa El gran premio de los sesenta y cuatro mil pesos para enviar un mensaje al asesino; el tema que Belascoarán utiliza para llegar a Cerevro es el de los estranguladores famosos.
Taibo II no reparó en mencionar a los personajes de su desagrado por su nombre y apellido hasta que sus novelas policiacas salieron de los libreros de los “lectores de prototipo”; una vez que su nombre empezó a aparecer con frecuencia en la televisión y la prensa escrita, sustituyó la mención indirecta de los nombres y los apodos que la sociedad le confiere a los personajes o por nombres reales o seudónimos que, por esencia, nos hacen saber a quién se refiere. Sin embargo, esto no significa necesariamente que Taibo II haya tenido miedo al poder, que se escudara en personajes velados para mencionar a sus antagonistas, como se refleja en las palabras dichas por Fritz Glockner:

Los judiciales del estado nos traen jodidos, necesitamos una buena policía municipal, alguien a quien no puedan matar sin que se arme un pedote nacional, hasta internacional; por ejemplo, un escritor que acaba de ganar el Gran Premio de Literatura Policiaca de Grenoble, o al que entrevista el New York Times. Un escritor que aunque es de izquierda sale en el programa de Rocha cunando publica un libro.[6]

Esto sólo hasta que La Jornada publicó, por entregas, como se hiciera en su tiempo con La Milla Verde[7], Muertos incómodos (que también publicó Plaza & Janés), mini-novela ejemplar escrita a cuatro manos con quien quiera que se esconda detrás del pasamontañas del Subcomandante Marcos. En esta obra atípica, la mancuerna Taibo II-Marcos menciona en abundancia personajes públicos de la vida política mexicana: Ernesto Zedillo, Martha Sahagún, Fox Quezada, Santiago Creel, Carlos Salinas, y un vasto desfile de personajes clave en la desgracia que es México hoy, pasa por las páginas de la novela que cierra (hasta el momento) la saga de Belascoarán Sahyne.
Una excepción a la novela negra y a la novela política es Héroes convocados[8], alucinante historia en la que el fin es matar al Gustavo Díaz Ordaz. El Gran Néstor es el resentido social que urde el plan en el que han de intervenir los personajes de ficción favoritos de Taibo II para asesinar al ex presidente en venganza por la masacre de Tlatelolco. Así, Néstor consigue que se apersonen en la ya de por sí convulsa Ciudad de México Wyatt Earp con sus hermanos y el tuberculoso doc Holliday al lado de Bat Masterson, Sherlock Holmes con todo y sabueso de los Barkesville (autor material de la muerte de Díaz Ordaz), Sandokán y Yánez de Gomara, los Mau-mau y una tribu de indios americanos entre un alucinante desfile de caracteres que se solidarizan en la tarea de librar a México de su vergüenza personificada en el “cara de mono”. Con todo y lo inverosímil de la historia, Héroes convocados tiene la magia de haberle otorgado una victoria, cuando menos en el campo de la ficción, a quienes fueron aplastados por el aparato del estado. Taibo II, sin embargo, no recurre a esta treta literaria nunca más, cuando menos en sus novelas policiacas.
Es en Días de combate que Belascoarán tiene su primer encuentro con esa ausencia constante que es Irene, la evasiva “niña bien” que maneja un auto de carreras en el autódromo Hermanos Rodríguez en los ratos libres que le deja la búsqueda de los motivos que llevaron a la muerte de su hermana, trabajo que le encargó al detective. Con la muchacha de la cola de caballo (su verdadero nombre, Irene, sólo se menciona en Días de combate una vez y no se repite en ninguna de las otras novelas aunque ella tiene apariciones fugaces y ausencias constantes en casi todas), Taibo II le da a la mujer el derecho que se ganó durmiendo en las guardias de las huelgas, caminando codo a codo en las manifestaciones (imagen asquerosamente Benedettiesca) y levantando barricadas en el Casco de Santo Tomás y Ciudad Universitaria. La mujer de Taibo II es tan hombre como cualquier varón, es un ser humano a cabalidad, que no se conforma con vivir bajo las reglas de los que tenemos los genitales por fuera, sino que busca y gana cotidianamente su derecho a vivir con autodeterminación. Paco Ignacio recurre a otro personaje con estas características: Elisa Belascoarán Shayne, hermana de Héctor y Carlos, es otro personaje fugaz en las historias, siempre moviéndose de un lado a otro y de una acción a la otra, jamás se deja retratar por completo, como si una urgencia intrínseca la obligara a permanecer al margen de las fotografías deseosa de salir de cuadro para posar en un nuevo escenario. Aparecida por primera vez (como algo más que en una referencia breve durante el velatorio del padre recién muerto) en Días de combate, se perfila más claramente en Algunas nubes[9] donde llega a la playa en una motocicleta, sacudiendo su cabello con las ondulaciones de la arena, para lanzar a su hermano a la búsqueda de los quienes maltratan a su amiga Anita. Es Ana representante del otro grupo de mujeres que Taibo II usa como personajes: las oprimidas, las que viven en constante dependencia de sus hombres (esposos, padres y hermanos) y que sólo pueden ser en el marco que ellos les confieren. Un tercer grupo de personajes femeninos que es indispensable en la novela negra y, por tanto, en la novela llamada neopoliciaco mexicano (de la que Taibo II es gurú), es la mujer fatal. La llamada Viuda Negra, amante de un ex presidente mexicano que vive exiliada en Madrid es causa y motivo de que el tuerto detective (quien perdiera el ojo en un ataque a traición –de sicarios, diríamos hoy– y que simboliza que nadie salió del sesenta y ocho sin una marca física) se angustie mientras viaja en el metro en la madre patria y, sin pudor, se deshaga de sus muy mexicanos Delicados y los cambie por tabaco español. Es la Viuda Negra quien, aprovechando su relación con el máximo mexicano, guarda en su propiedad una joya precolombina con la complicidad de las autoridades del Museo Nacional de Antropología e Historia.[10] Estas mujeres no tienen, necesariamente, un nombre; “Melina”, la ondulante reina de la noche de San Juan de Letrán, “Zoriaida”, ayudante de Zorak (el sorprendente Profesor Zobek) y quien en realidad se llamaba Marga, las bailarinas que con sus plumas y boas hacen el deleite de los parroquianos de los bares (ahora llamados table dance, serán llamados TD, Ti Dis, si la tendencia de los gringos a abreviar sus palabras sigue tal y como hasta ahora), son indispensables en este género literario siempre y cuando éste se desarrolle en México.
El mundo del cabaret y la cantina es más vívido en Cosa fácil[11] y No habrá final feliz,[12] dos historias en las que el detective debe buscar, primero, al General Zapata (como representación de que la lucha campesina, traicionada por el gobierno no ha cejado en su intento de reforma) y, segundo, a los asesinos de Leobardo que son, al mismo tiempo, los asesinos de Zorak, escapista de oficio y fortuito entrenador de los Halcones, policías secretos del sexenio de Echeverría Álvarez, responsables de los muertos de bala del diez de julio del setenta y uno, en la Calzada de los Maestros, matanza que es hermana no reconocida de la de la Plaza de las Tres Culturas. Una de las historias, acaso la más feliz, comienza en El faro del fin del mundo, en la zona de Vallejo, entre cubas libres ficticias (sólo coca cola y limón) que el detective bebe mientras espera a los obreros que han de encomendarle la búsqueda del General del Ejército Libertador del Sur. La otra, comenzada con la muerte de un romano sin casco en el baño del edificio de Artículo 123 (acaso el mismo baño donde el detective perdió el ojo), arroja a Héctor a un cabaret de San Juan de Letrán (lo imagino con un tigre blanco de mampostería en la entrada y cartelones donde la actriz principal posa mirando al cielo con una urna dorada en la mano, rodeada de sus indispensable pretorianos panzones), donde Melina hace su show en medio de tres romanos evidentemente tristes por la ausencia de su compañero.
El mundo de la cantina está retratado desde el otro lado, del lado de los buenos, en Sombra de la sombra,[13] novela policiaca ambientada en los años veinte, donde cuatro amigos unidos en apariencia por nada más que la pasión por el dominó y por algunos cadáveres relacionados entre sí, dejan sus oficios temporalmente y por las noches para buscar a unos asesinos que, de paso, quieren echárselos a ellos. Pioquinto Manterola, periodista bajo la batuta de Vitto Alessio Robles, Tomás Wong, sindicalista chino nacido en Sinaloa, Alberto Verdugo, abogado de lúmpenes y prostitutas y Fermín Valencia, ex dorado de Villa y poeta de oficio, son los personajes de esta maravillosa historia.
La muerte es constante en la novela policiaca y en la obra de Taibo II es abundante. Días de combate describe la muerte de muchos personajes reales (como Mary Carruthers y de unos ingenieros homosexuales) y ficticios (como las víctimas de Cerevro y los enviados del mal de Gobernación). Cosa fácil habla de la muerte aparente del General Emiliano Zapata y de la muerte real del campesinado mexicano; Algunas nubes es el relato de las consecuencias que la muerte de un nefrólogo trae para su esposa Ana; la muerte de los estudiantes del Politécnico Nacional es tema central de No habrá final feliz, aunque el asesinato a faca de Leobardo y otros personajes, es parada obligatoria en el recorrido de esta novela; De regreso en la misma ciudad y bajo la lluvia desanda el camino de la muerte; Adiós, Madrid, intuye el suicidio de la vecina canadiense del hotel de Héctor; Amorosos fantasmas, historia de amor y lucha libre, acerca a Belascoarán al homicidio de su amigo el Ángel y al homicidio de una amorosa de Benedetti; Desvanecidos difuntos arroja a Héctor al sureste, donde la muerte se perfila, como doña Eustolia, empuñando un cuchillo cebollero; Sueños de frontera acera al detective a la realidad del narcotráfico en la frontera norte de México, donde la muerte es bastante más real de lo que nos gustaría.
La muerte para Taibo II tiene dos modos de presentarse; cuando un integrante de “las fuerzas del mal” deja su miserable existencia en el piso, su muerte siempre es sucia, tal y como fue la vida del personaje: sórdida. El romano encontrado en el baño del edificio tenía la garganta cercenada y usaba calcetines, símbolo de su terrenalidad y, a un tiempo, señal del absurdo. La muerte de Laura, a manos del tío rico de su novio rico (a quien, personalmente siempre he imaginado en versión cinematográfica como Sergio Corona), por motivos de prostitución y poder, fue una muerte alevosa, que ensució a una muchacha que, en vida, debió ser dolorosamente bella.
El detective se ha enfrentado a la muerte en esas dos formas y en otras más: primero, sobreviviendo al sesenta y ocho; luego, quedando vivo en el atentado aunque perdió un ojo y ganó una placa y unos cuantos tornillos en el fémur; después, sintiendo el cañón de un arma en la nuca durante su aventura en Oaxaca y, finalmente, muriendo en el acto final de No habrá final feliz, cuarta novela de la serie Belascoarán.
¿Por qué Taibo II habría de morir a su éxito literario?

La Prensa. Ciudad de México, … de …: Héctor Belascoarán Shayne, ingeniero civil de treinta y ocho años, fue encontrado muerto en la calle… número… de la colonia… el día…, frente a una bodega en la que se presume había un gran cargamento de contrabando. Las instancias oficiales afirmaron que una banda comandada por el hoy occiso tenía su base de operaciones en la dirección antes mencionada. La muerte del citado ingeniero a manos de sus secuaces deja en claro (…)

Por supuesto, Belascoarán simplemente murió con lluvia en los ojos y no hubo esquela en la nota roja (el desliz es mío). Taibo II dice frecuentemente que una historia tiene la duración que ella quiere y que el autor poco puede hacer para extenderla o reducirla. Apegados a este axioma, digamos que el tiempo de Belascoarán llegó, murió porque tenía que morir; era su destino, su momento, su hora final. Así que Taibo II simplemente dejó que la enfermedad de Belascoarán (enfermedad contagiosa ésta, se llama DF) siguiera su curso natural y acabara con él. Pero algunos personajes se resisten a morir y, como Conan Doyle, Taibo II recurrió a una treta literaria para resucitar a su personaje.
En De regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia nos encontramos con un Belascoarán flaco, pálido, con la barba crecida y desdibujado (si hubiera versión cinematográfica, yo esperaría ver a Héctor en blanco y negro sobre un escenario de colores, o como una imagen siempre borrosa en un comic, traslúcido). El resucitado, el más grande regreso desde Lázaro, se enfrasca en una aventura que no me queda clara, acaso por que estoy más sorprendido de ver a un fantasma que por entender el entorno en que lo miro. No obstante que el tema de la novela y el desarrollo de la mismo no es tan bueno como podría esperarse para un personaje que regresa del más allá, los aficionados a Héctor Belascoarán Shayne no pudimos dejar de relamernos los bigotes sabiendo que de nuevo habría un sheriff en Dodge.
Pero el regreso de Lázaro quedó en el espectáculo de la resurrección y jamás se nos dijo qué fue de él: ¿se hizo hombre de bien, se transmutó en malandrín, dejó su pueblo natal para viajar tras Él? Sabemos, por el contrario, lo que le pasó a Belascoarán. Se hizo convirtió en ganapanes y dejó de ser un buen personaje. Las novelas de Taibo II perdieron extensión y, en mi personal opinión, también calidad.
Una constante de otro autor favorito del que escribe es la lateralidad del texto; Stephen King tiene la cualidad de ramificar las ideas y las situaciones de sus personajes hasta el punto en que la visión de un girasol puede hacer que el protagonista recuerde un olor percibido en su infancia, sin embargo, en el entendido de que esta técnica no es obligatoria para los escritores, las últimas novelas de Taibo II dejan de lado el diálogo interno del personaje, la narración de relaciones existentes entre los personajes, los motivos de ser de la novela misma, provocando un vacío que nadie más que el autor puede llenar. No es una simple crítica: es que los locos belascoaranianos estábamos acostumbrados a leer la explicación de motivos. Sin embargo, este tipo de narración escueta se encuentra como una constante en la obra de Dashiel Hammet, padre absoluto del género negro. El gran golpe,[14] es la muestra representativa de cómo escribir una novela policiaca, es texto obligado para el lector de la novela negra y es casi un evangelio de cómo hacer una obra de suspense. Tal vez sólo estoy recordando lo que dice mi padre sobre el western: las películas donde se habla mucho son malas, como Jack el tuerto, de Marlon Brando, las películas donde se habla poco son excelentes, como Once upon a time in the West, con Charles Bronson. Finalmente, la literatura puede ser un reflejo de la realidad y, en la realidad, el diálogo interno está tan ramificado como un árbol frondoso.
Dejando de la lado el hecho del abierto (y a mucha honra para él) perredismo del autor y, por consiguiente de su personaje, Taibo II, ha dejado de estar interesado en Belascoarán y el pasado que éste representa y lo utiliza ahora como vehículo para la exposición de sus teorías políticas (en su descargo, pregunto: ¿qué es la literatura, especialmente la novela, sino un modo de expresar las ideas personales?); esta actitud ha llevado a la muerte a Héctor Belascoarán Shayne, tuerto detective independiente, muerto una vez a tiros de escopeta, resucitado milagrosamente por obra del santo espíritu del público, casi muerto en un río en Oaxaca, muerto en vida por una teoría política que no es compartida por la mayoría de los mexicanos, independientemente de su certeza o yerro. No es la tendencia política de Taibo II (tan respetable como la mía o la del lector) lo que ha acabado con Belascoarán: son los años y el cambio de un país bárbaro a un país bárbaro con tecnología importada. Belascoarán debe tener ahora alrededor de cincuenta y ocho años de edad y la tecnología ha rebasado a la rabia que la matanza de Tlatelolco le dejó como disparador para buscar la muerte cada día en su nueva profesión. Este país ha cambiado y ahora los preparatorianos prefieren comparar sus i-Pods y el bluethoot de sus blackberry que pensar en el modo de cambiar al país. Al principio, Belascoarán debe haberse sentido tan confundido como quien estas líneas escribe, al ver que cada semana aparece un teléfono celular con una función nueva, pero, a diferencia de quien lee (que seguramente se adaptó rápido a las nuevas tecnologías), la terquedad intrínseca del personaje debe haber puesto una barrera entre él y su entorno.
Yo, como lector ingenuo que soy, como blasto de escritor que pretendo, no espero que Belascoarán Shayne, detective, se modernice. Por el contrario, su único atractivo como personaje es la fidelidad a sus ideas, a sus filiaciones y a sus convicciones. Su terquedad. Yo espero que cuando Héctor Belascoarán Shayne muera de verdad lo haga de modo fiel a su modo de vida, citando a uno de sus cantantes preferidos: “yo no sé lo que es el destino, / caminando fui lo que fui. / Allá dios que será divino: / yo me muero como viví”[15]


Ricardo Marcos-Serna
Ciudad Juárez, Chihauhua
Mayo-Octubre 2008



[1] Pacheco JE, Las batallas en el desierto, Joaquín Mortiz, México
[2] Ayer, con desencanto, escuchamos por el radio una serie de programas referentes al Movimiento, en el 40 aniversario de la barbarie. Con desencanto, si, porque todos los que abordaron el tema lo hicieron de la manera más superficial posible, haciendo citas “elevadas” de gente que las dijo en otro contexto, para mejorar el rating. Desencanto sí, porque cada año se escucha lo mismo, se dice lo mismo. No hay que olvidar, no; hay que analizar y no solamente ser un estúpido narrador de historias que, para eso, nos bastan algunos escritores.
[3] Taibo II PI, Días de combate, Promexa.misterio, México
[4] Sociedad ésta que siempre ha tendido al menosprecio de las clases (sí, la fascista palabra aún existe) bajas y que en su tradición de adulación y autoflagelación lame las botas del poderoso y desprecia a los agachados
[5] Taibo II PI, La vida misma, editorial Planeta, colección Biblioteca Policiaca, México,1992
[6] Taibo II PI, Íbid, p. 10
[7] King, S, The green mile, Orion editors, London, 1996
[8] Taibo II PI, Héroes convocados, manual para la toma del poder, editorial Byblos, México 1996
[9] Taibo II PI, Algunas nubes, Editorial Booket, 1997
[10] Taibo II, PI, Adiós, Madrid, Editorial Booket, 2007
[11] Taibo II, PI, Cosa fácil, Editorial Booket, 2007
[12] Taibo II, PI. No habrá final feliz, Joaquín Mortiz, México
[13] Taibo II, PI, Sombra de la sombra, Promexa, México
[14] Hammet, D, El gran golpe, De bolsillo editorial, colección Los libros del verano, Madrid, 1995
[15] Rodríguez S, El necio, en el disco Silvio, Spartacus Discos, 1995, pista 8